martes, 28 de septiembre de 2010

Mi lasaña boloñesa



Y ¿por qué siempre tiendo a querer hacer mil cosas? Soy una pimientilla, como me dice alguno, mi cabeza va a mil por hora y no he acabado de hacer una cosa cuando ya he empezado la siguiente. Mi mente va a mil por hora todo el día, un auténtico descontrol, pues voy corriendo a todos sitios, que no me falte ni un segundo, todo ya para ya, que no se me escape, que si no se descuadra todo el batiburrillo que he formado a mi alrededor. "Que si hoy tengo que ir a ver el tocado y luego preparo comida, ¡ayyy que hoy era la receta del CWK! ¡Madre, pero si también tenía la del concurso! ¿Y apuntarme a la piscina cuándo?". Total, que por esta causa voy como autómata y me ocurren muchas cosas de las que os cuento a continuación, ya que no pongo demasiada atención a no ser que esté plenamente concentrada. Ahora, ya he tomado medidas y me he comprado una agenda para planificarme. Muy mona ella, muy práctica, con cincuenta mil separadores y, por si fuera poco, venga fosforitos y bolis de colores, de lo más chillones también, para no perderme... Y ahí estoy mi primera tarde como una niña estrenando libros... "Venga, primero mi nombre y mi dirección, que no quiera Dios que se me pierda... Ahora, mi cumpleaños, ¿a ver en qué día cae este año? ¿Domingo? Joe... y ¿a ver el de... y el de...?...".

Bueno si la solución fuera solo la agenda, pues vale, pero soy el despiste personificado, pierdo todo y cuando digo todo, es toooodooo. De pequeña me acuerdo, que era la típica que se dejaba en el autobús lo que llevara, la que estrenaba carpetas y chaquetas una vez al mes, la que odiaba llegar a casa porque ahí estaba en la puerta tu madre con los ojos preparados y la boca medio abierta para empezar con la retahíla: "¡No puede ser, pero otra vez, aquí no hay quien gane para libros y encima el de religión, ¿pero otra vez?!", etc, etc, etc,... Porque sí, los paraguas ni los huelo, me los olvidó en la primera parada que haga, las llaves... infinidad de veces he tenido que llamar a casa a las tantas de la madrugada para que mi madre se enterase bien, bien, de la hora a la que había llegado su hija tan responsable. Y lo peor de todo, las predicciones de mi padre, la primera de ellas, la que ha sonado toda la vida:
- Anda Gema, sube a casa y me traes las gafas que están en la entrada y también la cartera y las llaves del coche.
- Joe Papá ¡sube tú!
- Venga anda sube y no te dejes nada, que ya verás que de tres cosas que te pido, se te olvida alguna . Ah y dile a tu madre que baje ya, que estoy harto de esperarla.
Yo subo engancho las gafas, la cartera y para abajo. Mi padre me ve llegar y me pregunta:
- ¿Y las llaves?
Y no os digo quien tiene que volver a subir, resulta evidente, porque tal es mi nivel de descuido que a medida que os escribía esto, he tenido que releer las línea escritas para recordar que era la cosa que me dejaba... verdad cien por cien.

La segunda advertencia de tu padre: "Ni se te ocurra perderlo"; y cuando aún pone más énfasis: "Gema que esto hay que devolverlo, así que ten cuidado" y ahí me ves empaquetada de pies a cabeza para subir por primera vez a la Sierra y aprender a esquiar. En la mochila, un regimiento de trastos: gafas, guantes, gorro, la braga para el cuello, comida, zumo, agua, crema... Todo bien dispuesto y en diferentes compartimentos. Aterrizamos en la pista y empiezo a sacar cosas para disfrazarme por completo; después complicamos aún más la equipación con la misión alquiler de esquís y botas, hasta que, por fin, me encuentro en la cola para subir Borreguiles. Mi don por delante con unos amigos, mi prima, su novio y yo por detrás a unos segundos de coger mi primer telesilla, cuando voy a ponerme los guantes y... "¿Y mi otro guante? Pero si yo llevaba los dos hace un momento... Oh, oh, oh"
- Elisa que he perdido un guante...
- ¿Qué, qué?
Y allí venga a apartar esquís y tablas, atascada entre bastones y tiburones deseosos de alcanzar su primera bajada... Yo miro desesperada el suelo y ni rastro, la gente con ganas de matarme y seguro que pensando "ya está aquí la cateta de turno". Yo sé cuál va a ser el final: he perdido definitivamente el guante y mi padre me va a sentenciar: "Ya no pido otro favor, que siempre lo pierdes todo y ¡da gracias de que no te dejas la cabeza por ahí!" Ea para qué negarlo...

Para hoy os dejo una receta riquísima, de las clásicas y con la que siempre aciertas cuando tienes visitas, porque es fácil de preparar y queda de lujo, la lasaña.

Mi lasaña boloñesa (6 personas)
Placas de lasaña fácil (hacerla como ponga en la caja)
500 gr de carne picada (mitad de cerdo y mitad de ternera)
1 cebolla
2 dientes de ajo
125 gramos de champiñones
1/3 vaso de vino blanco o un chorreoncito grande
1 lata Tomate casero Hacendado
Queso en lonchas
Queso para gratinar
2 quesitos el caserío para la bechamel
Bechamel
Orégano, pimienta, albahaca, nuez moscada y sal

Para la masa.
Picar las cebollas y pochar con sal. Luego los dos ajos y añadir. Esperar que doren e ir añadiendo los champiñones. Una vez pochado le echo la carne picada y la separo bien con la cuchara para que no se hagan montones. Ahora se añade la sal, la pimienta, el orégano y la albahaca. Después de que se haya hecho la carne, incorporamos el chorreón de vino y dejamos que reduzca 10 minutos o hasta que la carne chupe el vino. A continuación añadir la lata de tomate (reservar 3 cucharada para la bechamel) y mezclar.
Posteriormente preparamos una bechamel normal a la que luego le he incorporado 2 quesitos el caserio, sal, nuez moscada, pimienta, orégano y 3 cucharadas de Tomate casero.
Hacer las placas de lasaña fácil tal cual pone en la caja o hervir durante diez minutos más la pasta de lasaña si la compramos normal con un chorreón de aceite y una pizca de sal. Ahora, montamos la lasaña, poniendo primero en el fondo un poquito de bechamel con más tomate, luego pasta, y encima de ésta la mezcla de carne y dos lonchas de queso. Volver a repetir con pasta, carne, queso y terminar con la bechamel por encima espolvoreada de queso. Una vez tengamos el montaje, metemos en el horno la lasaña para gratinar durante cuatro minutos o hasta que veamos que el queso de arriba está dorado. ¡A disfrutar!

jueves, 23 de septiembre de 2010

Sandwich de helado de vainilla y oatmeal cookies





Whole kitchen en su Propuesta Dulce para el mes de Septiembre nos invita a preparar un Helado Casero.

Uno no puede fiarse de su padres, bueno una en mi caso, porque no se puede ir por ahí pensando que eres divina, la más guapa, la más alegre, la más..., la más... Sí, porque desde el mismo momento en que comienzas a hacerte una mujer hecha y derecha, sólo escuchas a tus padres hablar de ti, en términos como: ¡ayyy si yo tuviera veinte años ahora! o eso de "mi hija iba, buenooooo, ¡la más guapa de todas!". Y es que como dice mi don, muy educado él, a un padre no le huelen las ventosidades de sus hijos y esto diciéndolo finamente claro.
Total que durante la adolescencia te crees una diva con sus nuevas formas, descubriendo el armario de su madre, o el de su hermana mayor en el mejor de los casos, junto al maquillaje y esos tacones infernales. Todo te sienta descomunal, has nacido para ir a la última y lo tuyo es, sin duda, la moda. Así eres capaz de ponerte dos moratones como ojos dando rienda suelta al morado chillón años 90 que tu madre esconde con vergüenza de sí misma en el rincón más recóndito del cuarto de baño y plantarte la chupa de cuero negro más in junto con los tacones de salón de punta dorada que la señora lleva usando toda la vida. Te observas en el espejo enorme de la habitación parental, masticando chicle y admiras la nueva Madona que ha nacido en ti. Espléndida, divina,... ¡de muerte lenta vamos!
Apareces en el salón y tu padre te mira sin saber si salir a la cocina a por un mazo para darle a la ladrona o si gritar como en Scream, mientras habla por teléfono. Tu madre ni parpadea, bueno sí, sólo con un ojo, se ha quedado pálida del susto y temblorosa, tanto que te dan ganas de preguntarle ¿mamá tu qué te has tomado? o mejor aún ¿qué? ¿voy guapa eeein?
Sí, sí, porque todos hemos tenido un pasado oscuro o ciertamente tenebroso, donde las botas militares o los pantalones bien rotos y las chupas de cuero suponían el mejor de los atuendos. Yo lo tenía bien claro, hiciera lo que hiciera, siempre en mi casa iba a ser la más guapa de todas, la más fina y la más elegante, así que con este porte por qué no experimentar ir a la última.

Menos mal que con el paso de los años te redescubres, aparece la mujer que hay en ti y vas cogiendo tu estilo. De los tonos fluorescentes pasamos a los colores más cálidos, a los rojos bermellón y los azules menos eléctricos, los taconazos sólo para domingos y fiestas de guardar y la combinación minifaldera y escotazo la abandonamos en el apartado 'nunca más' de nuestro cerebro. Ahora, ese sentimiento de egocentrismo creado desde nuestra juventud no nos abandona, así que si se nos plantea una sesión de fotos con profesionales, pues la que os habla se apunta, porque los flashes siempre me han fascinado y que capten mi mejor yo más aún, será ese photoshop tan milagroso...
De esta manera, cuando  me dijeron en la agencia que necesitaban extras para las fotos, yo me ofrecí voluntaria. Yo, tan digna con mi pantalón raído y mis pelos y allí, frente a mí, dos cacho modelos, largas como ellas solas, una cabeza y media que me sacaban y con el primer cambio de ropa, vamos guapas hasta caer para atrás. Pero bueno si esto hubiera quedado entre mujeres, ni tan mal, pero claro, no podía ser así, por lo que cinco minutos después de mi llegada a la casa veo pasar por mi lado al "hombre", el superchico, el modelazo im-presionante que iba a protagonizar las fotos. Ahora sí que me salió de los labios: "¡Ohh Dios mío!" Los ojos como chiribitas y un hipo repentino que me entró...
Ahora llegaba mi turno, mi cambio de ropa, un vestido rosa fucsia y, literalmente, como una niña con zapatos nuevos, iba la mar de feliz a disfrazarme como una cenicienta por unos instantes. Me coloco el vestido y "¿esto por dónde narices se mete? ¿Tres forros? Ayyy así no, pero así tampoco, bueno yo salgo así y ya está... Eh, pero faltan los zapatos, ¡ahhhh qué bonitos, pero pufff ¡Josuuuu que alta soy ya! Ehhh ahora entiendo a esas modelos, jejeje ¡madre mía, qué tacón! ¡Oh, oh, oh, yo con esto no sé andar!".
Y salí de la habitación con un vestido a medio poner, que el maquillador nada más verme aparecer puso el gesto en la cara de "pobrecita" y venga a recolocarme tirantitos para arriba, etiqueta hacia adentro, no paro hasta verme dispuesta en lo que pudo, porque nada más comenzar a andar se dio por vencido; era la perfecta personificación de un pato desfasado, porque lo de mareado se quedaría muy corto. Eso sí, en mi vida me vería otra vez vestida con tanto glamour y lujo, como mientras hacia de extra con mi primer cambio de ropa.
El segundo cambio lo lleve mejor, sin embargo los impedimentos surgieron nada más aparecer en el salón, cuando el fotógrafo me suelta: "Gema tú súbete al sillón y baila encima con el pelo despeinado". Lo miré incrédula, ya que con esa orden o me clavaba en el sillón o me dislocaba el tobillo en alguna caída asegurada. Pero, iba en serio, así que agarre a Jose, otro extra simpatiquísimo y le solté:
- Tú no me sueltes que me estampó con los dientes en el suelo.
El chico se descojonaba con mi situación con un abrigo de piel blanco y unos Manolo Blanik rojos a punto de agujerear un sofá que a saber el precio que tenía, si la casa era de tales características. Eso sí, a mí me habían mandado bailar y ahí estaba dándolo todo, con caída hacia atrás, con otro hacia adelante, vamos una Paris Hilton despatarrada... Por eso, aunque el fotógrafo alabó mis peripecias para hacer equilibrios, yo me planteé eso de fiarme de mis padres lo justito, que verás cuando les diga que salgo de extra en la moda de la revista lo que me van a decir: "¿Síii? ¿Cuándo? ¿Dónde? Pues a ver si las traes para enseñarlas a todos y ¡que vean lo guapa que estás!"

La receta de hoy un riquísimo helado. Lo saqué de la revista Lecturas y sale tan delicioso que se acaba en un periquete, así que si es para más de cuatro personas, recomiendo doblar las cantidades. Este helado de vainilla lo acompañé de las Oatmeal Cookies (pincha aquí para ver la receta) y combinan a la perfección. Además con esta presentación sorprendes a tus comensales con un postre 10.


Sandwich de helado de vainilla y oatmeal cookies
Ingredientes
400 ml de leche entera
200 ml de nata líquida para montar
5 yemas de huevo
125 gr de azúcar
1 vaina de vainilla
1 cucharadita de té de esencia de vainilla (esto se lo añadí yo)
Oatmeals cookies para formar los sandwichs de helado de vainilla

Poner la leche a calentar con el azúcar. Abrir la vaina de vainilla por la mitad, rascar las semillas y echarlas a la leche, también la vaina abierta y llevar a ebullición. En este momento retiramos del fuego y dejamos que se temple la leche con la vaina dentro, de modo que se infusionen ambos durante media hora como mínimo.
Cuando este frío, batimos las yemas en un bowl y las vamos volcando haciendo un hilillo sin dejar de remover la leche muy rápidamente con una cuchara de madera. De esta forma, evitaremos que cuajen las yemas.
Volvemos a calentar la preparación a fuego muy lento, removiendo constantemente hasta que espese como una crema. Ahora, se retira del fuego y se incorpora la nata moviendo hasta integrar todo el conjunto. Una vez listo, lo colocamos en un recipiente y dejamos enfriar en el frigorífico mínimo tres horas.
Finalmente introducimos el helado en el congelador y a la hora lo sacamos para removerlo y quitar todos los cristales que puedan haber salido. Este procedimiento lo repetiremos durante las tres horas siguientes cada media hora y así conseguiremos que nuestro helado de vainilla tenga una consistencia cremosa. Ahora sólo queda dejar que congele del todo la mezcla. A la hora de servir de postre, hemos de sacarlo veinte minutos antes del congelador para poder tomarlo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Oatmeal cookies (Galletas de avena)




Lupe se paró y firme mantuvo la mirada deseosa de Dimitris, quien a grandes zancadas se acercó a ella en unos segundos. Sus ojos se encontraron, frente a frente, uno junto al otro. Él, el rey de la fiesta, con su porte distinguido y seductor, pero su expresión y sus ojos mostraban lo contrario: un chico cegado por la fuerza de los sentimientos, intentando expresar lo que encerraba su alma.

Eran el centro de atención, la fiesta se movía a su alrededor, unos deseosos de conocer la procedencia de la muchacha, otros locos de celos...
Para Dimitris su mundo adquirió una nueva perspectiva: la de los ojos de Lupe, de cerca más bella aún, con su sola presencia inundaba toda la estancia y su vestido blanco impoluto resaltaba aún más el color café de su piel y sus ojos oscuros.
Inauguraron juntos el baile, pues Lupe ante la decisión de su compañero, se dejó llevar, acariciar por el suave movimiento del compás y halagar por el cariño conque sentía el susurro tarareo de Dimitris. Los ojos de él la atraían como un imán, no podía desviar su atención, tan sólo sentía su estómago, su piel rozando con los manos de su acompañante. Sabía a la perfección que debía acallar sus , que sería una frustración y un desengaño, pues no pertenecían al mismo mundo; sin embargo, esta pasión nueva iba en contra de su lógica, de su razón y, de momento, salía triunfante.
La música bailó y el cambio de pareja hizo que se separaran. A Dimitris le tocó bailar con Benice, quien había sabido colocarse estratégicamente para que su prometido no siguiera con la vista a Lupe. Le habló de boda, de los preparativos que había comenzado con Eugenia, del sitio señalado y de la fecha pendiente sólo de su aprobación. Dimitris no la escuchaba, asentía mecánicamente, lo que bastó para que la muchacha diera por asentado su compromiso. En tan sólo tres días toda la ciudad se haría eco del nuevo enlace.

Dimitris y Lupe no volvieron a encontrarse en el baile, ella se encontraba demasiado solicitada por el sexo masculina y él pasaba de las manos de Benice a las de su madre y así durante las dos horas que duró la fiesta. En la despedida consiguió abandonar a su madre, tendría entretenimiento para rato dando los agradecimientos de asistencia protocolarios, así que a escondidas consiguió atravesar todo el patio y llegar a la cocina. Allí, encontró a Lupe y como un ciclón la cogió en brazos y con ella se dirigió camino de la playa.
Dieron la vuelta entera a la isla contándose su infancia, sus gustos, anhelos,... Pero a Lupe tanta solemnidad no le divertía, por lo que mientras Dimitris admiraba el amanecer, agarró un buen puñado de arena y se lo plantó en la cabeza al chico antes de echar a correr. Dimitris le clavó la mirada sonriedo picaronamente y lanzado la siguió hasta alcanzarla. La cogió de la cintura y la levanto con las dos manos hacia el cielo, la bajo despacio y cuando se encontraron cara a cara la besó en la comisura de los labios dulcemente una y otra vez hasta que el ruido del mercado de la mañana los despertó de su sueño y tuvieron que despedirse.

A Eugenia la salida nocturna de su hijo no le había hecho ninguna gracia, más oliendo con quién había estado. Por ello, mandó una nota a la casa de Lupe con el sirviente que la conocía para notificarle que ya no volviera a su casa para cocinar. Al mismo tiempo, invitó a Benice y su madre a que pasaran unos días en la mansión familiar para ultimar los preparativos de la boda con su hijo.
Dimitris sólo se percató de lo peligroso de su situación dos días después de la fiesta, cuando en su cuarto observó una caja con el traje de novio. En ese instante armó en cólera y se presentó frente a su madre pidiendo explicaciones.
- Hijo bien sabes lo que supone que dentro de unos meses alcances la mayoría de edad. Tu padre es muy mayor ya y necesita que alguien le releve en su trabajo. Además esta casa requiere una nueva administración, niños que le den otro aire. Tú vas a necesitar una mujer que esté a tu altura y te quiera y, para ello, nadie mejor que Benice.
- Pero madre, yo no he elegido a Benice, yo no quiero casarme, bueno sí, pero no con ella.
- Dimitris déjate de romanticismos, te casarás con ella, pues desde pequeños se concertó así vuestro matrimonio.
- ¡No! Me casaré con quien amé y ella me ame a mí, aunque tenga que renunciar a todo lo que tengo.
La cara de horror de Eugenia dejó estupefactas a Benice y su madre, quienes en ese momento entraban en el salón donde discutían madre e hijo. Dimitris salió sin saludar y las mujeres siguieron con sus labores sin dar más importancia al percance.

Tan sólo quedaba un mes para la boda y Dimitris perdió la esperanza de encontrar a Lupe, desde aquella noche juntos parecía haber desaparecido. Ella se había enterado de lo que iba a suceder por los cuchicheos de la gente del pueblo. No habría vuelta atrás, el sino estaba echado, por lo que su determinación sólo podía ser una, olvidarlo. De esta manera, aceptó la propuesta de su padre de aprender costura con su vecina Dafne, además le ayudaría en su trabajo y así conseguiría pagarle el vestido que le regaló para la fiesta de Dimitris. Moses, preocupado por la intranquilidad de su hija y con la excusa de dejar las mejores telas de otros países que le vendían sus amigos, decidió visitarla en las horas de su aprendizaje, pero no consiguió engañar a Dafne, quien sentía como poco a poco él más la piropeaba.
Con Lupe, Dafne consiguió duplicar su trabajo, había aprendido muy rápido y sus manos parecían haber nacido para vivir entre telas. Sus primeros vestidos adquirieron protagonismo rápidamente, por lo que la muchacha decidió dar nombre a sus creaciones bajo el seudónimo de María, el nombre de su madre y abuela, quienes la ayudarían donde estuvieran.

Pronto llegó a oídos de Benice los datos de una nueva costurera, que estaba innovando con inspiraciones de otros países y las mejores telas. Su vestido debía ser confeccionado por ella y por su maestra y así poder ir a la última, crear tendencia. La madre de Benice consiguió dar con su contacto y hacerle llegar una nota proponiéndole la confección de un vestido de novia por una suma de dinero jamás imaginada por Lupe y mucho menos para Dafne. Sin embargo, el lugar de la preparación echaron para atrás a Lupe, no quería volver a pisar la casa de Dimitris y mucho menos encontrarse con él. Dafne ante la excitación de su alumna reconoció lo que le estaba sucediendo y le infundó el valor que necesitaba para hacer frente a esa situación y no perder la oportunidad que se le presentaba para terminar siendo una de las modistas más valoradas de la ciudad. Para ello, idearon un plan, Dafne sería la encargada de ir y venir de la casa de la novia, cogería todos los arreglos y medidas y Lupe sólo tendría que terminar su creación con Dafne. Así, nadie tendría que verla y, por tanto, no terminarían el contrato de trabajo antes de ser pagadas las horas de esfuerzo.


Este método funcionó durante dos semanas, pero un día Dafne despertó con malestar, se tomó la temperatura y era demasiado elevada. Aún así, sabía que de ella dependía todo el esfuerzo de Lupe, de modo que se vistió para salir de casa. Lupe se la encontró en la puerta, con tan mala cara que salió corriendo a su encuentro. Ante la desesperación de la mujer y su firme convencimiento de ir a medir el vestido de novia, Lupe decidió acompañarla hasta la puerta y esperarla escondida hasta que saliera.
Pasaron dos horas y no hubo movimiento, pero cuando iban a dar las doce de la mañana una silueta masculina llegaba a la puerta de la mansión. La reconoció al momento, era Dimitris, pues su estómago volcó de alegría y su corazón comenzó a palpitar de emoción. Pero no se dejó llevar, calmó su cabeza y siguió mirando la situación, cuando, de repente la puerta se abrió y apareció Dafne, pálida como el marmol, demacrada y con una bolsa enorme donde llevaba el vestido. Se quedó paralizada ante la expectación de su hijo Dimitris, él la intentó ayudar, pero con un débil gemido, Dafne exclamó:
- Hijo, hijo mío, no te preocupes por tu madre. Puedo sola. - Y no le dio tiempo a pronunciar más pues como un peso muerto cayó sobre los brazos de Dimitris.
Lupe salió corriendo de su escondite y se avalanzó hacia Dafne a quien Dimitris había colocado delicadamente en el suelo. Él miraba incrédulo la situación, ¿quién era esa mujer que le había llamado hijo? ¿Por qué le resultaba tan familiar? ¿Y Lupe? ¿Qué pintaba ella en todo esto?
Entró en la casa para pedir ayuda a los sirvientes y llevar a Dafne donde le dijera. Hasta la cocina tuvo que ir para encontrarlos comiendo un plato que durante tantos años había recibido en su cumpleaños, una moussaka. Los levantó y mandó que le ayudaran.
Llevaron a la enferma a su casa y la acostaron en el sillón del salón. Lupe sugirió que algo de comida la reanimaría, por lo que se acercó a la mesa y cogió una fuente con moussaka. En ese instante Dimitris se percató de que era la misma fuente que la que había en su casa, la misma que durante años su madre había mandado tirar por ser poco ostentosa, además contenía la moussaka con un olor exactamente igual al que desde siempre había olido. No se movió del lado de Dafne hasta que despertó, la vio comer, quejarse, dormir, hasta que cercana ya la noche, consiguió recuperarse. Abrió los ojos y se encontró con su hijo Dimitris, tanta fortaleza y emoción contenida durante casi dieciocho años salieron a flote en sólo unos segundos, el tiempo suficiente para que las lágrimas cubrieran su cara y por sus labios salieran estas palabras:
- Hijo, nunca quise abandonarte, pero eras tan pequeño y tu padre murió, ya éramos suficientes bocas en casa y temí no poder darte ni un bocado, por lo que te dejé con Eugenia. Sé que tal vez no me perdonarás, ni siquiera yo lo he hecho conmigo misma por no luchar en ese instante, pero nunca te abandoné, siempre fui a verte, todos los días, sabía qué te gustaba y te lo dejaba en casa ¿te acuerdas de la camisola azul? ¿de las moussakas por tu cumpleaños?
Lupe no daba crédito a lo que estaba escuchando. Su vida había girado alrededor de Dimitris desde que había llegado a la isla y todos sus pasos se habían encaminado al encuentro de ese hombre por quien su cuerpo estallaba.

Esta confesión cambió por segunda vez en su vida, su destino. Se enfrentó a su madre, desveló a su padre adoptivo la verdad y se negó a casarse con Benice, quien tampoco deseó el futuro con un hijo de la baja sociedad. Eugenia no aceptó que Dimitris la abandonara por lo que le repudió y sacó de su testamento, no recibiría ni dinero ni gloria de su parte.
Dimitris recuperó a su verdadera familia, a sus hermanas y a su madre, también a otro padre Moses, quien pronto le entregó la mano de su hija Lupe, la persona a la que había querido desde que se la encontró bajo el sauce llorón y a quien deseaba con todas sus fuerzas.

((FIN))
Espero que hayáis disfrutado de este novelón de cuatro entregas. Me he alargado, lo sé, pero eso me pasa por empezar a escribir...

Y como colofón final a esta historia os dejo unas galletas tremendísimas de buenas, totalmente adictivas y fáciles de hacer. Son unas Oatmeal cookies o galletas de avena. Hacedlas que quedaréis como reyes ante visitas y amigos.


Oatmeal cookies (Galletas de avena)
140 gr de mantequilla a temperatura ambiente
190 gr de azúcar morena
90 gr de azúcar blanca
125 gr de copos de avena
230 gr de harina de trigo
2 huevos
1 cucharadita de sal
1 cucharadita de canela
1 cucharadita de bicarbonato
1 cucharadita de esencia de vainilla

Forramos una bandeja de horno con papel vegetal. Combina en un bowl la harina, la sal, la canela y el bicarbonato.
Batimos la mantequilla con las varillas hasta conseguir tener una masa cremosa. Añadimos los dos tipos de azúcar y seguimos mezclando hasta disolver el azúcar, como 3 minutos. A continuación se agregan los huevos de uno a uno y la esencia de vainilla.
Cuando tengamos una mezcla homogénea añadimos los ingredientes secos en dos veces, removiendo bien para integrar bien todo en cada tanda.
Por último añadimos las pasas y la avena. Colocamos en el frigorífico para que enfríe la pasta durante media hora.
Primero precalentamos el horno a 180º y sobre el papel vegetal vamos poniendo bolitas de la pasta que habremos cogido con una cucharadita., para que todas las galletas salgan más o menos del mismo grosor.
Horneamos de 10 a 15 minutos o hasta que veamos que las galletas tienen ya un tono de café dorado.
¡A disfrutar comiéndolas!


domingo, 19 de septiembre de 2010

Magdalenas de limón




Dimitris había levantado cielo y tierra para encontrar a esa niña que sollozaba debajo del sauce llorón. Preguntó a gente de toda clase, en los barrios más recónditos, sin embargo, parecía como si nadie la hubiera visto jamás, como si su imaginación le hubiera hecho una treta imaginándose esa historia.
Lo dio todo por perdido, no la conocía, no sabía cómo era, tan sólo su obsesión le estaba guiando al desgaste. Decidió volver a su vida, hacer caso a sus amigos y zanjar esa búsqueda desesperada. La angustia y exaltación continua estaban causando estragos en él y su madre cada vez lo veía más preocupado, más delgado.
Eugenia se percató de los cambios en su hijo y le preocupó que anduviera entre los escarceos amorosos propios de su juventud, pues sólo una causa podía provocar tal situación. Se había convertido en un hombre de diecisiete años, de buen porte y facciones bellas, por lo que cualquier mujer desearía caer entre sus brazos, más aún sabiendo cuál era su clase.
De este modo, preparó un plan para terminar con las con los fantasmas que atormentaban a su hijo. Benice, la prometida de Dimitris desde su nacimiento, aparecería en escena. No era una chica especialmente bella, sin embargo, su inteligencia y su capacidad para adelantarse a cualquier situación serían suficientes para cautivar a un hombre.
Además, también sería necesario dar nuevos aires a la casa. Debería convertirse en un lugar de recreo, de visitas y fiestas continuas, de modo que Dimitris pasara la mayor parte del tiempo como anfitrión y no le quedara más tiempo para vagabundear por las calles de la ciudad. Por otro lado, si conseguía este propósito, Eugenia se percataría de cada uno de sus movimientos y podría controlarlo.
El mismo día en que comenzaba el verano la casa se había transformado en un pequeño palacete donde por la noche tendría lugar la fiesta más esperada entre los jóvenes de la isla. Dimitris no veía necesidad de ir publicando a bombo y platillo esa celebración, pero sus padres habían insistido tanto, que decidió invitar a todos sus amigos, quienes a su vez traerían a sus más cercanos familiares de ambos sexos, por supuesto.
Todos los preparativos parecían marchar adecuadamente, cuando, bien entrada la mañana uno de sus sirvientes apareció en el salón sosteniendo a su mujer, la cocinera.
- Señora, mi mujer se encuentra mal. Está en el final de su embarazo, por lo que sus síntomas bien podrían ser los del alumbramiento.
Con ojos de desesperación a Eugenia no le quedó más alternativa que despedir a su sirvienta. Preguntó entre sus sirvientes si alguien podría sustituir temporalmente a la futura madre, cuando uno de ellos habló de una amiga, muy jovencita, pero la mejor de las cocineras que pudiera encontrar en esa isla, su cocina era diferente de países lejanos, pero podría dar un toque especial a esa noche de magia. La expresión de la señora no tranquilizó al hombre que había hablado, pero ella tuvo que aceptar que la trajeran inmediatamente a su cocina y que comenzara a preparar esos manjares que habían comentado.
Así, Lupe apareció por la casa de Dimitris cerca de las tres de la tarde y, tras la presentación y normas de Eugenia, volvió a ser feliz entre los fogones de esa nueva casa. Su imaginación la transportó a su país y su abuela, sentada en su silleta, la guiaba en cada paso: "Lupita, menos chile, que por aquí no andan acostumbrados y no sea que los mandes al carajo niñita". La casa entera se inundó del olor de las tortitas y de los burritos, de los antojitos propios de su México lindo y del Chile estrella solitaria, como plato principal para la ocasión. De postre, un Pan de nata de Pan de Nata de Tlaxcala, embadurnado de chocolate y enorme de grande.
Dimitris llegó a casa a las seis de la tarde, había estado ultimando la iluminación de la fiesta y comprando los últimos encargos de su madre. Algo le paralizó cerca de la cocina, un olor inusual, intenso y provocador salía de la puerta entreabierta de esa habitación y sus pies autómatas, caminaron en esa dirección. Abrió la puerta y sintió como su cuerpo explosionaba de gusto ante lo que sus ojos contemplaban: una bandada de platos en hilera, cerca de la niña que había buscado tanto tiempo, se encontraba de espaldas, pero ese cabello le resultaba totalmente inconfundible. Se acercó a ella.
- Perdona, no sé si te acuerdas de mí.
Lupe se sobresaltó, no había notado su presencia.
- Sí, usted. Cada vez que aparece, me da un susto tremendo. Lo conocí hace dos meses delante de la fiesta a la que iba como bailarina.

Dimitris sintió una alegría inmensa; sí que le recordaba. No sabía si decirle que la había estado buscando, que quería conocerla. Sin embargo, las palabras que tanto había memorizado en el tiempo en que no la encontró, se esfumaron ante su presencia. Únicamente podía mirarla, ver con qué mimo ultimaba los detalles de la fiesta, observar sus manos, sus brazos y esos labios a los que besaría en ese instante, si supiera que no le faltaría el respeto a esa niña, no tan niña a medida que espiaba sus facciones, sus curvas. Lejos de la oscuridad de la noche en la que la conoció pudo darse cuenta de su edad, de su clase social y de las diferencias que existían entre ambos, pero no le importó tan sólo un pensamiento vagaba por su mente, deseaba conocerla con todas sus fuerzas.
- Perdona, Lupe, ¿esta noche vendrás a la fiesta?
- No, señor. Mi sitio está aquí, que todo salga bien y que no falte la comida fuera. La patrona de la casa me lo mandó así y no puedo disgustarla.
- Lupe, yo soy Dimitris, el hijo de la patrona, como tú la llamas, y mi deseo es que esta noche aparezcas por la fiesta. Hablaré con mi madre y todo solucionado.
Hizo que se alejaba, pero ante la mirada atónita de la niña, retrocedió y la besó delicadamente en la mejilla. Lupe sintió el calor de los labios de Dimitris, su respiración rápida y las mejillas volvieron a tornarse del mismo rojo del de la noche en que ése extrañó interrumpió su intimidad. No debía ir a la fiesta, algo en su interior decía que no era lo adecuado, además ¿dónde encontraría a esas horas una vestimenta adecuada? Le vino a la cabeza su vecina Dafne, costurera de las mejores familias, tal vez ella dispusiera de un vestido para prestarle esa noche.

Efectivamente, Dafne nada más enterarse de dónde iría Lupe, se le alteró el pulso: la casa de su hijo, a la que tantas veces había intentado ir para verle. Recordó que tenía un vestido de seda blanca largo, con un sólo tirante diagonal de cenefas doradas que sujetaba el vestido a la altura del pecho. Quien había encargado este trabajo lo rechazó por no ser demasiado ostentoso, por lo que con algún arreglo y buen acompañamiento podría servirle a Lupe.
Salió de casa de Dafne fascinada de tanto lujo, había olvidado quién era y tan sólo deseaba llegar a la fiesta, que él la viera. Corrió y corrió y cuando llegó a la puerta sintió la admiración de todos ante su presencia. Hombres y mujeres se giraban, cuchicheaban y murmuraban en voz alta, se preguntaban quién era esa chica, de dónde había salido. Sólo Eugenia maldijo la decisión tomada esta tarde, pues vio a su hijo cómo se dirigía firme y decidido al encuentro de Lupe, apartando a los visitantes y sus ojos llenos de brillo, fulgor.


Me temo que comer mis palabras, os dije que habría un final hoy, pero no puedo dejar la historia. Cuando me doy cuenta de lo que he escrito resulta que es demasiado y tampoco quiero dejar una Biblia como entrada. Por eso ahora no voy a prometer que la próxima entrada será el final, si no que digo que es lo que me gustaría... Sólo espero que os esté gustando y que me esperéis un poco para el final.

La receta de hoy unas ricas magdalenas. Tremendas de ricas para desayunar, esponjosas y con el sabor de limón en cada bocado. Seguro que os gustan.


Magdalenas de limón
Ingredientes
3 huevos
250 gr de leche
70 gr de aceite de girasol
330 gr de harina
250 gr de azúcar
1 yogur de limón
La ralladura de un limón
4 sobres de gasificante (2 dobles: 2 blancos + 2 moados si son marca Hacendado)

Precalentamos el horno a 180º y preparamos los moldes individuales de papel para las magdalenas. Yo éstos los he puesto sobre un molde de 9 magdalenas para que no perdieran forma los moldes individuales.
Ahora preparamos la masa de la magdalena. Para ello, colocamos los huevos en un bowl con el azúcar y mezclamos con la batidora durante unos minutos hasta que se deshaga el azúcar y tome la mezcla espumosa tome un tono amarillo pálido. A continuación añadimos el aceite, se vuelca el medio yogur y la leche y se sigue uniendo los ingredientes. Ahora incorporamos la ralladura de limón.
Tamizamos la harina y los papeles de gaseosa y se va mezclando con lo anterior y se echa rápidamente en los moldes. Horneamos durante 20 minutos o hasta que veamos que la magdalena está doradita y pinchando con un palillo salga limpio. ¡A comer!

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Chile estrella solitaria



Guadalupe no pertenecía a la tierra de Dimitris, era hija del país cuya virgen lleva su nombre, Méjico. Su padre Moses había dedicado su juventud al negocio del mar. Viajó por los lugares más exóticos y lejanos para comprar telas, especias, piedras preciosas y todo aquello que en Grecia pudiera ser adquirido por los mejores postores a precios desorbitados. Una excusa para escapar en busca de aventuras, descubrir sitios espectaculares y experimentar nuevas sensaciones.
Sin embargo, entre el trasiego de viaje y viaje llegó a Méjico donde se enamoró locamente de una mujer, mitad española, mitad mexicana, pero racial hasta el último poro de su piel. Un fugaz romance que terminó con su muerte de María tras el alumbramiento de una niña, el mismo día de la patrona del país, el 12 de diciembre, de aquí su nombre Guadalupe.

Su abuela materna se hizo cargo de ella y la educó hasta hacerla una mujer de doce años. El sitio de su aprendizaje la cocina, donde atisbaba el vuelo de la falda de su abuela, que cocinaba los platos más sabrosos para sus patrones. Su olfato se acostumbró rápido al olor del chile, del cilantro,... su gusto, al sabor del tlalpeño, de los tamales y de la buena carne de res. No había día en el que no recibiera su pequeña ración, ahora sí, a escondidas, lejos de la mirada inquisitiva del resto de sirvientes.
Pronto comenzó a ayudar en el trabajo. Los achaques de su abuela debían acallarse, por lo que sustituyó el lápiz por la cuchara de madera y aprendió la tradición de su país entre fogones. En cuatro años tuvo tiempo suficiente para cocinar todas las recetas de su maestra, de experimentar por sí misma y de preparar nuevas creaciones; sin embargo, había un plato con el que disfrutaba, el Chile Estrella Solitaria, pues su mezcla de sabores y la sutileza del chile picante la dejaban anonadada, suplicando por un poquito más.

Lupe apenas disfrutó de la compañía de su padre durante esos años, quien volvió a navegar, intentando, en vano, olvidar a la mujer de sus sueños, cayendo derrotado cada vez que podía en las caricias compradas, en el amor simulado.
En Navidad siempre volvía a Tlaxcala donde vivía su hija y su suegra para celebrabar el mes de diciembre entero. Moses era consciente del poco tiempo que le quedaba a la abuela, su edad y la enfermedad en los huesos iban haciendo estragos rápidamente. Ahora, lo que no intuyó fue su muerte repentina, el mismo día en que Lupe cumplía los doce años. La enterraron sin más honores que su ropa de domingo y su rosario entrelazado en las manos, con su sonrisa mellada, la misma con la que amaneció, símbolo del encuentro con su hija en cielo divino, pues como había contado a su nieta: "Un día de estos vendrá tu madre a recogerme para llevarme y sonreiré antes de marcharme, a pesar de que te dejo, sólo para que sepas que estoy con ella".
Fue entonces cuando se vio obligada a recoger sus pertenencias y viajar con Moses. Recorrió toda la costa de México, vivió nuevos amaneceres, se asombró ante el oro, todo mágico. Sin embargo, su padre observaba su desarrollo, como se iba convirtiendo en una mujer y su cuerpo adoptaba las formas propias de su edad. En unos meses se había convertido en una preciosa mujercita, lo que conllevó a más de un comentario de los marineros compañeros de Moses. A él únicamente le intranquilizaba la piratería, esa pandilla de insensatos maldecidos como la peor raza existente en el mundo del mar, aquellos que disfrutaban con las muchachas más jóvenes y se apoderaban de su mayor tesoro. Por ello, tomó la mayor decisión de su vida; abandonó su ilusión, sus viajes, para adentrarse en un último viaje, el de regreso a su tierra natal la isla de Milos, donde poder acomodarse y buscar un marido para su hija.

Lupe desembarcó en Grecia en la primavera de su trece cumpleaños. El mar transparente y el ajetreo de los pescadores en la orilla del mar le transmitió serenidad, a pesar de chapurrear sólo un poco la lengua paterna. El mercado a pocos metros, donde se observaba mujeres comprando verduras de lo más coloridas.

La casa de la abuela paterna de Lupe se encontraba totalmente derruida, el peso de veinte años sin ser habitada. Moses sintió el dolor agudo de su corazón, junto con sus añoranzas y recuerdos infantiles, el olor de su madre, la sonrisa de su padre. Se comprometió en esos instantes en recuperar su hogar y transmitirle a su hija tantos recuerdos.
En apenas unos meses terminó la reparación de su casa, recuperó sus antiguos amigos y comenzó a pescar para ganarse la vida. Su cuerpo, curtido por tantos años al sol y su mirada perdida, atrajo los suspiros de más de una mujer. Una de ellas le habló del futuro de Lupe.
Necesitaba presentarse en sociedad, ser vista y admirada por los hombres del pueblo, pero no por cualquiera, sino por los más poderosos. Su belleza y su mezcla racial pronto sería admirada y deseada. Tan sólo había que buscar una forma con la que conseguir todo esto y la mujer recomendó a Moses el baile.
Lupe se extrañó cuando un día su padre le dejó dinero para que visitara a su nueva amiga. Ella le enseñaría el arte del baile, según habían ultimado los dos adultos y en cinco meses ya estaba preparada para su debut. Vestida con un pantalón ancho, corpiño y velo naranja, aprendió a maquillarse para esa noche. Un hilo de kohl negro dibujaba su ojos rasgados y los labios cereza se hacían apetecibles. Se miró en la fuente del pueblo, cuando iba camino de la fiesta a la que había sido invitada. No se reconoció y sintió la vergüenza recorriendo su cuerpo, ¿tendría valor para seguir el baile en público? ¿o se equivocaría en el primer paso?
Se acercó a la entrada del jardín donde el anfitrión de la fiesta le esperaba; sin embargo, no se atrevió a llamar, retrocedió y retrocedió, buscando refugió, cuando chocó con las ramas de un sauce llorón...


Y lo siento el final... El final en la siguiente entrada. Es que una se pone a escribir y a escribir y se mete dentro de la historia, que cada vez toma más vida. Espero que me perdonéis.

Con esta historia os presento una nueva receta para el concurso de recetas mexicanas que organiza Lazy Blog con la Escuela de Cocina Kitchen Club y casi no llego... Se llama Chile estrella solitaria y es un plato muy original, pues mezcla el chocolate con la cerveza dejando un sabor muy rico y diferente, donde el chile se nota en cada bocado.
La receta la saqué de Cocina del mundo, aunque revisando libros de recetas mexicanas también se puede ver en "Cocina mexicana, más de 100 irresistibles recetas".

Chile estrella solitaria
Ingredientes (4 personas)
1 cucharadita de semillas de comino
650 gr cuarto trasero de buey en dados de 2,5 cm
harina salpimentada, para rebozar
3 cucharadas de grasa de carne de buey derretida, grasa de beicon o aceite vegetal
2 cebollas picadas
4 dientes de ajo picados
1 cucharada de orégano seco
2 cucharaditas de pimentón dulce
4 chiles rojos secos tipo ancho o pasilla, o al gusto, triturados
1 botella grande de cerveza lager
120 gr de chocolate negro

Tostamos ligeramente las semillas de comino a fuego medio, agitando la sartén, unos 3 o 4 minutos. Deja que se enfríen y después májelas en el mortero.
Ahora, salpimenta la carne y rebozala en un poco de harina harina . Fríe la carne en una cazuela grande con aceite. Retírala y reserva para después.
En la misma cazuela y con más aceite si hiciera falta, ponemos a pochat la cebolla y el ajo en la cazuela durante 5 minutos a fuego suave, hasta que estén tiernos. Agrega el comino, el orégano, el pimentón y el chile y remueve 2 minutos, con cuidado de que no se queme el pimentón. Vuelve a poner la carne en la cazuela, vierte casi toda la cerveza y añade el chocolate troceadito. Llévalo a ebullición removiendo, baja la temperatura, tapa la cazuela y déjalo a fuego suave 2 o 3 horas o hasta que la carne esté bien tierna, añadiendo más cerveza si fuera necesario.

martes, 14 de septiembre de 2010

Moussaka griega




Whole kitchen en su Propuesta Salada para el mes de Septiembre nos invita a preparar todo un clásico de la cocina tradicional griega, una Musaca.

Me imagino una historia redactada en otro idioma, ininteligible en nuestro país, pero reconocida en todas las lenguas...

Hace unos cuantos siglos en un pequeño pueblo costero de una remota isla griega, vivía nuestro protagonista, Dimitris, moreno, de pelo motoso y altura importante. Sus ojos lo primero que llamaba la atención, verdes grisáceos, imponentes de grandes, descaradamente atrevidos. Cuentan que durante su infancia la familia Samaras cayó en desgracia, su padre envilecido por la bebida falleció en una disputa callejera, mientras la madre, Dafne, cuidaba de sus tres hijos. Esto sucedió una noche de invierno, cuando Dimitris contaba con apenas unos días.
Su vida quedó marcada con el trágico suceso. No llegaba el dinero para mantener tantas bocas, por lo que, con todo el dolor de su alma, su madre lo entregó a una familia acomodada. Eugenia recibió el mayor regalo en vida, un hijo con el que acallar las súplicas continuas de su marido. Un heredero se convertiría en la sorpresa perfecta para su compañero una vez que volviera de su largo viaje a la capital griega. Tan sólo permitió que la verdadera madre de nuestro protagonista tuviera contacto con él una vez al año, el día de su cumpleaños.
Una fecha señalada en el calendario de Dafne, cuando gastaba gran parte de los ahorros en comprar los ingredientes para preparar el plato heredado de su familia, la moussaka. El cordero y las verduras protagonizaban un festín familiar, cuya causa sólo la recordaba su hija mayor de seis años y ella misma. El trozo más grande de la moussaka para su hijo regalado, por lo que envolvía su comida con el mayor esmero y bien temprano lo dejaba a los sirvientes de Eugenia.

Dimitris creció con la mejor educación posible, sus mentores los más codiciados de la isla y sus amigos, los hijos de las familias más acaudaladas. Nunca sospechó su origen y disfrutó de la buena vida.
Al cumplir los quince años su semblante y su cuerpo corpulento se habían desarrollado a la perfección. Sentía las miradas de las féminas, la envidia de quienes habían sido sus amigos y el respeto de sus mayores. Sin embargo, su inocencia aún quedaba por despertar.
Su vida había sido pincelada por los pasos de Eugenia. Desde niño concertó su matrimonio con la hija de una de sus primas lejanas, Benice, y su educación se alejó del terreno del ejército. Sólo permitió que cultivara su mayor afición el deporte y, en concreto, el atletismo. Para él, dichos planes no supusieron ningún esfuerzo, anteponía su figura materna, pues el cariño infinito que recibía debía devolverse de alguna manera.
Sin embargo, con esta edad, la sangre fluía por sus venas en plena ebullición, deseando salir de su cuerpo en busca de experiencias nuevas. Así, se encontró escapando a hurtadillas de su cuarto en plena madrugada a escondidas, sólo para hacer acto de presencia en las fiestas prohibidas, que preparaban sus amigos. En ellas todo era bienvenido; vino, comida, mujeres poco tapadas, junto con otro tipo de sustancias igualmente adictivas.
Pronto su vida entró en la rutina, sus días se alargaban sin sentido, deseando que llegara la noche para volver a lo que parecía llenarle. Sin necesidad, de buscar un trabajo digno o de formar su alma, de llenar su espíritu, sentía que su destino estaba echado, que había nacido para lo que estaba viviendo y que terminaría siguiendo los pasos de su padre adoptivo en política. Tan sólo era cuestión de suerte, del destino que a cada uno lo pone en su familia.


Sin embargo, la fuerza del sino deseó mostrarle la verdadera cara de su realidad, su origen...
Una de las noches descritas, ante la puerta del jardín donde se organizaría la fiesta del exceso, Dimitris tropezó con un velo de seda naranja, raído por la esquina superior donde se engancha a la diadema de su propietaria. Miró a su alrededor por si pudiera encontrarse con ella, pero no divisó nada, tan sólo un ruido le llamó la atención, los lamentos de una voz, una niña, susurrados en la oscuridad, debajo de un sauce llorón, que desdibujaba su figura.
Dimitris se acercó, su curiosidad y deseo era superior al valor de huir de esa situación. Sabía que, según las reglas de la amistad impuestas, estaba totalmente prohibido tocar o hablar con ninguna de las bailarinas. No eran mujeres cualquiera, sólo un arma de seducción tan poderosa como para hacerles imaginar el mundo del placer. Pero, apartó las ramas del sauce, intentando únicamente devolverle el velo a la niña, sin pronunciar palabra...
Ella se asustó, se encontraba demasiado ensimismada consigo misma. Alzó la vista y sus ojos llorosos se clavaron en el intruso, maldiciendolo por romper ese momento de intimidad. Él mantuvo la mirada, aunque esos inmensos ojos negros rasgados le provocaron una vergüenza repentina y notó como sus mejillas transmitían este nuevo estado. Apenas, tendría trece años e iba vestida como sus compañeras profesionales. Una falda y corpiño marcaban sus curvas recién desarrolladas. Sus facciones, su cara, su pelo, era diferente. Nada que ver con las chicas que conocía, su tez color caramelo acompañaba un cabello largo hasta la cintura, liso y brillante.
- Perdona, encontré tu velo y pensé... - titubeó Dimitris.
- Gracias, pero no lo voy a usar esta noche, ¡ni nunca!
- ¿Cómo?
- Me vuelvo a casa. No he bailado en mi vida y pensar que tengo que salir al escenario me da pánico. No me gusta esta forma de ganar dinero, prefiero decirle a mi papá que no puedo.
Colocó su velo y comenzó a correr en dirección opuesta a la casa. Dimitris la siguió hasta alcanzarla, agarró su brazo y suplicó:
- Por favor, dime tu nombre. Sólo tu nombre.
- Lupe.
Y se alejó, dejando en la soledad a un nuevo hombre...

2º parte en la siguiente entrada


Ahora os dejo con la receta protagonista de la entrada de hoy, la moussaka griega, con la que participo en el Círculo Whole Kitchen en septiembre. Una receta deliciosa por el contraste de sabor y estupenda para cuando tenéis invitados. Dicen que es la antecesora de la lasaña y que parte de sus orígenes se encuentran en Oriente, principalmente por el uso del cordero. Yo os dejo mi versión adaptada, con carne picada de ternera y de pollo, ya que el cordero no me gusta demasiado...

Moussaka griega
Ingredientes (para 5 personas)
2 berenjenas grandes cortadas a lo largo en rodajas
500 gr de carne picada, mitad de ternera y mitad de cerdo
1 cebolla y media
2 ajos grandes
400 gr de tomate casero
1/4 de vaso de vino tinto
Una pizca de sal, pimienta y canela (o al gusto)

Para la bechamel
3 cucharadas de aceite
2 cucharadas de harina
2 vasos de leche bien caliente
Queso parmesano rallado
1/2 cucharada de nuez moscada
Sal y pimienta

Pasamos las rodajas de berenjena a un bowl y echamos sal. Dejamos reposar todo durante unos 30 minutos para que las berenjenas suelten el agua y pierdan su amargor. Transcurrido estos minutos las lavamos con agua fría y las secamos con papel absorbente.
Precalentamos el horno a 200º. En una fuente echamos un poquito de aceite y colocamos las rodajas. Se dejan dentro durante otros treinta minutos o hasta que veamos que la berenjena se ha dorado.
A continuación en una sartén grande pochamos la cebolla picada en cuartos y añadimos los ajos picados en trozos pequeños, cocinamos unos minutos. Después se añade la carne, la canela, la sal y la pimienta y se deja que se haga tranquilamente durante diez minutos aproximadamente, sin dejar de desmenuzar en todo este tiempo la carne para que se hagan migajas.
Seguidamente añadimos el tomate y lo dejamos cocinar unos 5 minutos. Se añade el vino y se deja reducir durante 15 más o menos.
En este instante, preparamos la bechamel. Ponemos en un cazo a fuego medio el aceite y cuando esté caliente añadimos la harina sin dejar de remover con una cuchara de madera, durante un minuto aproximadamente o hasta que la harina adquiera un tono amarillo pálido, es decir, que se dore sin llegar a quemarse.
Incorporamos la mitad de un vaso de la leche bien caliente, movemos enérgicamente y seguimos echando leche poquito a poco sin dejar de remover. Por último se añade la sal, la pimienta, la nuez moscada y el queso parmesano, y seguimos moviendo hasta que la salsa tenga un aspecto homogéneo y sedoso. Si quedan grumos, se puede batir con la batidora.

El montaje del plato es bien sencillo. En la misma fuente donde hemos horneado las berenjenas, colocamos una capa de éstas, seguidamente otra de carne y repetimos con otra de berenjenas y de carne. La última será de bechamel al que le hemos rallado un poco de queso parmesano en la superficie.
Lo introducimos en el horno precalentado a 180º y lo dejamos hornear durante unos 30 minutos. Si el queso no os ha quedado lo suficientemente dorado, lo ponemos unos cuatro minutos al grill, hasta que adquiera el tono dordado deseado. ¡Y listo!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Cookies de melocotón





¿Vuelta a la rutina? A mí me gusta… Sí, sí que no me he vuelto loca, pero es que en Madrid, es en septiembre cuando más eventos se organizan. Que si la noche en blanco, que si comienza el teatro de…, que si Fashion Night Out (FNO)… Y ¡Uyy! Justo el viernes 9 de septiembre tuvo lugar este último. Moda por un tubo, todo muy “fashionable”, tiendas abiertas hasta las doce de la noche no sólo vendiendo, sino engalanadas con champán, vino, cervezas, comida, etc,…

Sabía que me gustaría, no ya sólo por las tiendas que se unieron al evento, sino también porque reconozco que soy de una filosofía, que me encanta seguir una frase muy típica española. Soy del “a ver qué dan”, del curioseo oportunista, de las cosas regaladas y de los descuentos. Ahora, también pregunto ¿y quién no?

Desde una semana antes iba dejando caer por casa…
- Anda, ¡mira! Si la semana que viene es la noche de la moda…
Carlos ni me mira, está viendo las motos…
- ¡Carlos!
- Mmmmm, sí, sí,…
- Y ¿abren todas las tiendas por la noche? Pero esto ¿qué es?
- Mmmmm
- Alaaaa, aquí dicen que hay desfiles, y ¡cucha! ¡También música! ¿Me estás escuchando?
Se gira el “don”, yo indago sus ojos rápidamente y lo veo todo nublado, ¿me mira a mí?… En su cabeza sólo hay un ruido, el de las motos. No piensa, sólo una neurona hace eco gritando “¡Sí, sí, sí!”
- Sí, sí, sí…
Pero reacciona con mi sonrisa de “ni de coña” e intenta encontrar un feedback de lo que hace unos segundos escuchaba de fondo.
- Que sí hombre, tiendas que abren por la noche…
¡Bien! Una palabra que no le hace nada de gracia, tiendas, unido con más horas abiertas, ¡rechazo total!, por lo que como a sus oídos se le iba a pasar…

El jueves por la tarde le lancé la última directa, directísima. Muy diplomáticamente, le pregunté si se acordaba del evento y ni caso. Hace como que no me escucha o su memoria selectiva no le deja más que seguir con su diálogo que ha montado una macro con excel…Pero lo convencí y es que lo que no consiga una mujer… Sabía que él sólo veía impedimentos: tiendas, más tiendas y gente a raudales, así que le tenía que dar un giro: comida y bebida gratis… por lo que le escribo por mail:
- Carlos que también hay conciertos y encima ¡comida!, champán, ¡vino!...
- Anda Gema, ¿qué te crees tú? Que somos unos muertos de hambre para que nos den todo eso…
- Mira la página web y me dices si no es verdad…
Y ¡ya! No hizo falta más para convencerlo. Cómo platos debía tener los ojos cuando comprobó que lo que decía era cierto… Una luz se encendió en su cerebro cuando me contestó que entonces sí, ¿porque a quién le amarga un dulce?
Ahora en su cabeza sólo una cosa clara, la vestimenta para dar el cante en un evento tan de moda… Se iba a poner su camisa azul del monstruo de las galletas. ¡Ahí, ahí! ¡Qué se note donde va el personaggio! Me pregunta a mí que me parece y yo toda mona con un vestido de florecitas, lo último de esta temporada…

Primera parada Mercado de Fuencarral. Música buena y a todo volumen. Carlos por delante andando a lo John Travolta en Grease, marca el ritmo y....mordida de labios. “¡Madre mía, qué novio tengo!” Le miro y esto le gusta, mira tiendas y la gente peinada y maquillada sin pagar ni un duro, eso sí, por la peluquería del mercado. De repente, visualiza un stand, yo también y ambos nos percatamos que sirven copitas de mojito. Mi don clava sus ojos en mí y suelta:
- Ve tú, que tienes más cara.
¡Toooma! ¡Eso sí que es cara!
Total que allí voy, pero nada... Así que ante mi fracaso, volvimos a la calle y dirección hacia la primera tienda que vimos que había gente en la calle con una copa. Dentro champán y la dueña diciéndome que sólo quedaban dos copas y se las llevaba quien tuviera más cara, es decir, yo, porque mientras que un individuo se decidía, yo me lancé toda fina a por las dos, porque quien no corre vuela...
Ahí estaba el don, ojeando botas con su copa de champán, en frente de unos espejos abismales, por lo que los vistazos también se dirigían a su figura...
Tercera tienda, cerveza large y más glamour. Carlos más en su salsa aún; en dicho espacio habían contratado un DJ y la musiquita era más que buena. Mezcla de jazz y sesión popera. Tal era la diversión que me dijo:
- Tú sigue mirando que yo me quedo aquí.
¡Ea! Sí que estaba a gustito, vamos en pleno pub que se encontraba cotilleando al DJ y haciendo como que se interesaba por la ropa.

Salimos de allí y entre todo lo que llevaba encima noto, que está demasiado contento, porque he de advertir que antes de ir al FNO ya habíamos tomado dos cañas en otro sitio. Total que con tanta alegría en ambos cuerpos, entramos en la cuarta tienda; aquí copa de vino y ya con la mayor de las caraduras diciéndole al camarero que no se cortara echando.
Imaginad que fiestecilla montábamos los dos. Observaba a Carlos y sus ojos azulgrana (por sus ojos azules y el color de alrededor) delataban su estado y yo que no paraba de mirar ropa para que me trajeran otra copa más...
- Esto me gusta... ¿A ti Carlos? ¿Carlos?
- Sí, sí, sí...
Su única neurona en funcionamiento, no nos olvidemos de ella.

¿Y cómo terminamos? Cenando un kebap para bajar un poco la alegría y hablando por los cuatro costados con el afgano dueño del local...

Ahora os dejo unas galletitas estupendas, ricas y esponjosas. Si las queréis más crujientes, unos minutos más al horno controlando que no se quemen y listas.
La receta las saqué de Aída, que tiene un blog estupendo, con unas recetas muy buenas y originales. Os dejo su link para que la visitéis en With the hands in the dough.
Aída a su vez cogió esta receta del libro de Cookies de Marta Steward.

Cookies de melocotón
Ingredientes (para unas 3 docenas de galletas):
280g de harina
Media cucharada de café de sal (unos 5 g)
Media cucharada de café de levadura en polvo (unos 4 g)
110g de mantequilla pomada (a temperatura ambiente)
200g de azúcar
1 huevo grande a temperatura ambiente
Media cucharada de café de esencia de vainilla
2 melocotones grandes o 3 pequeños, pelados, deshuesados y cortados a dados pequeños, un poco más grandes que los de parchís (en mi caso resultaron un poco menos de 300g de dados de melocotón)
100g de mermelada de melocotón

Para espolvorear:
2 cucharadas soperas de azúcar y media cucharada de café de canela en polvo mezclado.

Primero tamizamos la harina, la sal y la levadura. Luego batimos con unas varillas la mantequilla con el azúcar hasta tener una pomada y disolver el azúcar, es decir, unos cuatro minutos.
Añadimos el huevo y la vainilla y seguimos mezclando. Se incorpora la harina, sal y la levadura y cuando tengamos toda una masa, echamos el melocotón y la mermelada. Aquí sólo habrá que mezclar un poco hasta combinar bien.
En este momento echamos sobre un papel de horno cucharadas soperas de masa, intentando que queden una bolita y separadas unas de otras como mínimo por cinco centímetros, ya que al hornearse se expanden y pueden juntarse unas con otras.
Cuando las hayamos preparado, se espolvorea encima el azúcar y la canela.
Hornear en el horno precalentado a 190ºC alrededor de 11-13 minutos, girando la bandeja a mitad de la cocción, hasta que las galletas queden doradas y un poco firmes.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Pan de nata de Tlaxcala





Recuerdo como hace ya unos cuantos años dije en voz alta: "no vuelvo más a un restaurante mexicano" y menos mal que no me hice caso...
Creo que tendría 12 años y estaba la familia Vargas en Nerja. Solemos ir bastante por allí en verano, de cena y a por un crepe o un helado en el Balcón de Europa y tan contentos de vuelta.
Pero el día del que os hablo no terminamos muy contentos, no, no.

Resulta que andaban mis padres algo originales, aunque más mi padre que eso de comer le gusta más al hombre. Su decisión de cenar en un sitio diferente resultaba algo inevitable y mi hermana, con seis años por entonces, y yo le apoyábamos: Rocío porque siempre que sea comer apoya la moción y yo porque en esa edad empecé a apreciar la comida. Mi madre, tradicional como ella sola en esto de la alimentación, no decía ni esta boca es mía, hasta que mi padre se quedó parado en una entrada... Quieto delante de una puerta toda llena de parnafernalias, colorines y cenefas bien vistosas busca la aprobación de mi madre, pero ella nada. Nos mira a nosotras para confirmar que seguimos su figura paterna y las dos al unísono afirmamos con la cabeza... Mamá tiene la batalla perdida, lo asume, pero antes advierte que no vamos a comer bien. ¡Ala! mal de ojo echado, porque todo lo que diga y yo no sé cómo se las apaña, siempre se hace realidad.
Total que entramos y un camarero con un sombrero típico mexicano nos coloca en nuestra mesa y nos deja la carta. Vamos una hoja en español que bien podría haber sido otro idioma, porque hasta más difícil de pillar que el italiano era. Chilaquiles por un lado, tacos por otro, frijoles, enchiladas... "¿Eh? ¿Dónde nos hemos metido?"
Mi desconcierto fue seguido por las caras de mi familia: mi padre mantenía la compostura y parecía un experto en la nueva clase de alimentación a la que se enfrentaba; mi madre miraba con cara de desolación la carta al ver que ponían platos picantes; y mi hermana, con más hambre que un mirlo, agarraba con fuerza a mi madre para que le dijera qué había de comer.

- ¿Saben ya que va a ser?
Sorpresa de toda la familia y giro de cabezas en dirección hacia la voz que atormenta nuestro momento de concentración.
- Pues no. Es la primera vez que venimos un mexicano, así que si nos puede ayudar - comenta mi padre.
- Sí, por supuesto...
Aunque por dentro tendría que estar diciendo, otros catetillos, porque su expresión de desgana no engaña a nadie. Comienza como un papagayo a releernos la carta y nosotros más que atentos, que parecíamos estar viendo al mismísimo Cristo del silencio... La descomposición de caras fue tal que el camarero debió pillarlo y cambió radicalmente de táctica, ahora sí que comenzó a recomendar algún que otro plato.
A mi padre nada le convencía, el hombre se debió pensar que ahí ponían carnaza seguro, cuando captó que no había brasa y que estaba en un mexicano y no en un argentino... Mi hermana alucinaba en colores, todo le debía sonar bien, porque mientras el camarero cantaba platos, ella sonreía, se movía nerviosamente por la silla y se mordía los labios. Yo, era otro caso, me las di de lista y ya tenía mi indecisión propia, dos platos a elegir uno. Ahora, el gran dilema, mi madre, la mujer, que, por entonces, se pensaba que la comida italiana era exótica y ni siquiera le gustaba, pues tú imagínate dónde la habíamos metido...
- Perdone y ¿qué es lo que no pica? - salta mi madre. Anda que se iba a quedar a gusto ella si no soltaba esto...
- Pues, la verdad es que todo pica, pero muy poquito.
Y... Aquí pondría yo ahora mismo la musiquita de Hitchcok y a mi madre en la ducha gritando...
- Ahora si quiere le podemos traer un fuente de varios pisos donde tiene tortitas de maíz y varios ingredientes para que usted se eche lo que quiera.
- Vale, venga, vale...
Asiente al mismo tiempo, pero no se la ve muy convencida. Sin embargo, el resto parecemos haber tomado la decisión correcta. Mi padre no le queda más remedio que disimular que se encuentra a gusto y dejarse llevar por la nueva experiencia, aunque por dentro sé perfectamente que estaba pensando por entonces: ¿Y quién me manda a mí meterme aquí y ponerme a experimentar ya a estas alturas? ((¿No papá?))
Traen los entrantes unos nachos con diferentes salsas. Mi hermana engancha uno y a probar, cuando mi madre la agarra y le dice que espere. Ella prueba uno y pufff no tiene picante, menos mal. Cojo un nacho yo y comienzo uno por uno a probar y mi padre lo mismo. Mi hermana ahí comienza cuando vemos que le toca el que tiene picante y con muecas en la cara se aparta rápido el nacho de la boca y a la servilleta...
- Mamá, ¡agua, agua! - grita haciéndose aire en la boca.
El resto ya sabemos donde no probar, aunque mi padre como es un macho español, pues allí que fue sólo para decir que no picaba tanto...
Después los segundos. Cada uno mirando su plato, pensando: ¿y esto cómo se come? Y, mi madre, se volvió a llevar todo el protagonismo. Le dejaron un artilugio como un arbolito delante de ella, lleno de judías, frijoles, pollo,... Ahí que va a prepararse su primer taco y salta:
- No está mal. A ver y esto qué es.
Ya estaba entretenida. Mi padre, ni tan mal, se encontraba metiendo mano a la carne que le habían dejado. Rocío, ya había probado el plato, pero parece que algo picaba pues dos vasos de agua llevaba bebidos. Creo que parece que fui yo la única en equivocarme y eso dije cuando probé mi plato y solté:
- Mamá, ¡agua, agua!
Y de un sorbo me había soplado un vaso entero de agua.
- Pedro pide otra botella de agua.
Transcurrieron cinco minutos desde el primer bocado y yo adopté un comportamiento, primero un tenedor de taco y segundo un sorbo de agua. Mi hermana echaba chispas, roja como un tomate, sudando como un pollo y con los dedos como parabrisas para quitarse el empañamiento de las gafitas. Sólo decía una palabra: agua, pero con el hambre que tenía anda que iba a dejar el plato lleno.
Terminamos de comer y seis botellas de agua que habíamos tomado... Los platos medio llenos, pero el de mi madre, bien mirado, estaba vacío en comparación con la cantidad de comida que le habían puesto. Recogieron la mesa y colocaron unos tequilas. Mi progenitora más rápida que nadie, enganchó los vasos y los devolvió al camarero, pero éste no podía cogerlos, porque se estaba inspirando para cantar una una ranchera...
Una vez reposando la comida con el tequila, nos dio por observar a nuestros vecinos de la mesa de al lado. Un matrimonio de franceses de pura cepa con una niña de unos ochos años y con unas gafas aún más grandes que las de mi hermana, que eso ya era decir... A la niña le trajeron algo parecido a una lasaña y Rocío la mira expectante, con ansía por que se metiera un bocado en la boca, como si ella misma hubiera hecho la trastada de ponerle demasiado picante a la lasaña. Y lo hizo, cuando, de repente, le subieron los colores, su cara se tornó de blanco a un rojo claro, sus mejillas a un rojo más bien espeso y las gafas se le nublaron por el calor que transmitía su piel. Entonces comenzó a suplicar: "Agua, agua" y, sabiendo todo lo que vendría después, la familia Vargas se comenzó a reír a carcajada limpia.


Y todo esto para mostraos la receta con la que participo en el concurso de recetas mexicanas que organiza Lazy blog con la escuela Kitchen Club. Hice un Pan de nata tremendo de rico con una textura insuperable y bonito como él solo. La receta la saqué de la web de Guía de tacos, especializada en parte en recetas de México. Os dejo un poco de historia de este pan sacada de su web.
El pan de nata de Tlaxcala es delicioso y difundido en fiestas patronales como Pan de Feria a través de diferentes eventos nacionales e internacionales como la “Feria del Caballo” en Texcoco, durante los primeros días de marzo; o la ”Feria de Algodón de San Luis Potosí”. Es considerado como un platillo artesanal y distintivo del Estado de Tlaxcala y su elaboración es una herencia familiar.


Pan de nata de Tlaxcala
Ingredientes (6 personas)
175 gr de harina
1 cucharada de mantequilla
125 gr de azúcar
200 gr de nata para montar o la más espesa que encontremos
40 gr de nueces picadas (yo usé avellanas tostadas)
2 cucharaditas de levadura
2 huevos
1 cucharadita de Vainilla
1 pizquito de sal
200 gr de chocolate de cobertura

Primero, preparamos el recipiente que irá al horno con la masa que será el pan. Para ello, echamos mantequilla en éste hasta formar una fina película y después espolvoreamos con harina por toda la superficie. Precalentamos el horno a 180º.
Después tamizamos la harina y la levadura bien. Mezcla la nata con una batidora durante dos minutos. Ahora agrega los huevos, azúcar y la vainilla. Sigue mezclando y agrega la harina, la levadura y la sal. Una vez tengamos todo bien unido, incorporamos las avellanas y se vuelca la masa en el recipiente. Lo llevamos al horno y dejamos dentro cuarenta minutos o hasta que veamos que el bizcocho se ha hecho y está dorado por la superficie.
Ahora desmoldamos y adornamos con el chocolate que habremos deshecho al baño maría. Yo coloque unas galletas de helado que pinté con el chocolate para decorar.
¡A disfrutar!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pipirrana de mi bisabuelo (hecha por mi abuela)

(4 meses y 159 seguidores. ¡Muchas gracias!)

Bueno y como lo prometido es deuda, aquí va una receta exquisita, uno de los grandes manjares de mi tierra y el mejor de los platos de mi casa por supuesto...

Cuenta mi abuela que su buen padre era uno de los mejores carpinteros de la tierra de las aceitunas. Lucho en la Guerra Civil, pero pronto tuvo que volver a su hogar con una bala en el pulmón. Se casó con una mujer extraordinaria, capaz de criar a siete hijos en los tiempos de la posguerra. Poco pan y muchas lentejas, el título de una película protagonizada por mi abuela y sus hermanos; demasiada hambre.
Mi bisabuelo llegaba a su casa en la cena, recuerda mi abuela, y lo primero que se preparaba su pipirrana o lo que pillara con el "majao" que tanto le gustaba. Sus hijos lo miraban deseando probar bocado y él esperaba unos minutos, tiempo suficiente para que su cena se enfriara en la ventana, ya que, como apunta, "entonces no había frigorífico".
Todo esto me lo decía desde pequeña. Me miraba con su cara de regañina, cuando, después de horas sentada conmigo para que comiera, arremetía:
-¡Aaaay qué vosotros no habéis pasado hambre! Cuando yo era joven me tuve que ir a Madrid para trabajar. A limpiar suelos, con las manos... ¡Hips! ¡Uuuuy! ¡Aaaaaaaaaaay! ¡Hips!
Y yo que la miraba y no me creía lo que estaba viendo:
- Abuelita, ¿estás llorando?
- ¡Aaaaaaaayyyyy! Si es que vosotros no habéis pasado hambre... Mi hermana y yo allí en Madrid, para dar de comer a nuestros hermanos, fregando suelos con callos en las manos, levantándonos a las 4 de la mañana... ¡Aaaaaaaaayyyy! Por eso digo, ¡qué mal acostumbrados estáis ahora! ¡Aaaaayyy!

Y no será por veces que se ha comportado así, que aún le vienen lágrimas a los ojos. Espero siempre la misma reacción, su encogimiento de cara, la rojez en las mejillas y sus desconsolados lamentos. Yo, y puede parecer que no tengo sentimientos y no es eso, me acercaba a ella y le contestaba medio riendo, medio conteniéndome:
- Pero abuelita que eso paso hace mucho tiempo...
- ¡Aaaaaaayyy! Ahora, que yo estaba muy bien mirada. ¡Cómo me querían a mi los señoritos! Vivían en Chamberí, donde tú estás ahora y me recorría todo Madrid entero andando. Nunca me perdía y yo iba por los cines, Gran Vía, el centro,... Todo recto para abajo y llegaba donde vive mi hermana, que entonces no había puentes, estaba todo desierto. Hasta Vallecas andaba, porque claro tu tía se casó con un madrileño... ¡Qué saben mucho los de la capital! Han visto muchas cosas, así que ¡tú ten cuidado! Pero a mí no me pillaron... ¡Vaaaamos! Una morena allí, con los ojos azules y tan guapa, que yo era, con mis formas, pues los tenía así... (señal con las manos de "a montones" incluida). Me acuero del hijo de mujer de la tienda donde íbamos a comprar, ¡enamoraito lo tenía! y ¡cómo me miraban por la calle! Con que arte y brío me movía yo, que si hubiera querido, me caso con uno de buena familia, pero a ver, yo sentenciada que estaba... Ya me dijo mi abuela una vez: "tú eres mujer, para un pobre".

Tan a gusto que se queda la buena señora. Yo echo una ojeada a mi abuelo sentado a su lado, que la mira y mueve la cabeza de un lado para otro, como afirmando que no tiene solución ninguna y responde chinchándola:
- Pues, ¡podrías haberte ido con otro de esos!
Mi abuela lo mira indignada y contesta:
- ¡Eso tendría que haber hecho! ¡Pues bien guapa, que estaba yo! ¿Te he enseñado yo la foto de joven!
- Sí, abuelita...
-¡Mira! ¡Mira!
Saca mi abuelo de su monedero una foto preciosa, en blanco y negro con los filos troquelados, donde se observa a una mujer de piel blanquita, ojos inmensos, claros como el cielo, pelo negro motoso, medio recogido y con las ondulaciones de la época. Mira sin miedo a la cámara desafiante, invitándola a fotografiar su mejor pose, aquel en el que enlaza su cuerpo al lado de una silla con un brazo, mientras el otro lo apoya detrás del cuello para levantar su largo cabello.


Pipirrana de mi bisabuelo

Ingredientes (4 personas)
9 tomates pelados
3 huevos duros
2 latas de atún
1/2 pimiento verde italiano
1 ajo
1/4 de vaso de aceite de oliva virgen extra
1 pellizquito de sal
2 puñaditos de miajón o miaja de pan

Vamos a hacer toda la preparación en un mismo cuenco o bowl, por lo que cogeremos el más grande que tengamos o en el que veamos que cabe la pipirrana.
Comenzamos picando el ajo muy pequeño y machacando con un mortero bien. A éste le añadimos un huevo duro troceado y seguimos machacando, también un tomate que trocearemos sobre el huevo para que suelte todo el líquido en la mezcla y una lata de atún con su jugo. Esto se machaca bien, moviendo todo el rato y dejando que espese todo un poco, que se quede como una salsa pastosa.
A continuación, incorporamos el miajón y seguimos con el mismo procedimiento y poco a poco el aceite sin dejar de remover, para integrar por completo el aceite y que no se vea suelto en gotas por ninguna parte de la mezcla.
Cuando hayamos conseguido esto, deberá quedar una salsa de color salmón, que estará mejor si apenas tiene grumos. A ésta le vamos troceando los tomates restantes, un huevo y el pimiento verde, éste último en trocitos pequeños. Removemos bien con una cuchara los ingredientes con el majao y dejamos en el frigorífico el bowl al menos dos horas, para que coja sabor el ajo y lo demás.
Finalmente, se presenta en un plato, con el huevo cocido que nos ha quedado y el atún de la otra lata de atún.
¡Ya sólo disfrutar de este plato riquíiiiiisimo! Ahhh y a mojar todo el pan del mundo, según os aconseja mi abuela.
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