

Dimitris había levantado cielo y tierra para encontrar a esa niña que sollozaba debajo del sauce llorón. Preguntó a gente de toda clase, en los barrios más recónditos, sin embargo, parecía como si nadie la hubiera visto jamás, como si su imaginación le hubiera hecho una treta imaginándose esa historia.
Lo dio todo por perdido, no la conocía, no sabía cómo era, tan sólo su obsesión le estaba guiando al desgaste. Decidió volver a su vida, hacer caso a sus amigos y zanjar esa búsqueda desesperada. La angustia y exaltación continua estaban causando estragos en él y su madre cada vez lo veía más preocupado, más delgado.
Eugenia se percató de los cambios en su hijo y le preocupó que anduviera entre los escarceos amorosos propios de su juventud, pues sólo una causa podía provocar tal situación. Se había convertido en un hombre de diecisiete años, de buen porte y facciones bellas, por lo que cualquier mujer desearía caer entre sus brazos, más aún sabiendo cuál era su clase.
De este modo, preparó un plan para terminar con las con los fantasmas que atormentaban a su hijo. Benice, la prometida de Dimitris desde su nacimiento, aparecería en escena. No era una chica especialmente bella, sin embargo, su inteligencia y su capacidad para adelantarse a cualquier situación serían suficientes para cautivar a un hombre.
Además, también sería necesario dar nuevos aires a la casa. Debería convertirse en un lugar de recreo, de visitas y fiestas continuas, de modo que Dimitris pasara la mayor parte del tiempo como anfitrión y no le quedara más tiempo para vagabundear por las calles de la ciudad. Por otro lado, si conseguía este propósito, Eugenia se percataría de cada uno de sus movimientos y podría controlarlo.
El mismo día en que comenzaba el verano la casa se había transformado en un pequeño palacete donde por la noche tendría lugar la fiesta más esperada entre los jóvenes de la isla. Dimitris no veía necesidad de ir publicando a bombo y platillo esa celebración, pero sus padres habían insistido tanto, que decidió invitar a todos sus amigos, quienes a su vez traerían a sus más cercanos familiares de ambos sexos, por supuesto.
Todos los preparativos parecían marchar adecuadamente, cuando, bien entrada la mañana uno de sus sirvientes apareció en el salón sosteniendo a su mujer, la cocinera.
- Señora, mi mujer se encuentra mal. Está en el final de su embarazo, por lo que sus síntomas bien podrían ser los del alumbramiento.
Con ojos de desesperación a Eugenia no le quedó más alternativa que despedir a su sirvienta. Preguntó entre sus sirvientes si alguien podría sustituir temporalmente a la futura madre, cuando uno de ellos habló de una amiga, muy jovencita, pero la mejor de las cocineras que pudiera encontrar en esa isla, su cocina era diferente de países lejanos, pero podría dar un toque especial a esa noche de magia. La expresión de la señora no tranquilizó al hombre que había hablado, pero ella tuvo que aceptar que la trajeran inmediatamente a su cocina y que comenzara a preparar esos manjares que habían comentado.
Así, Lupe apareció por la casa de Dimitris cerca de las tres de la tarde y, tras la presentación y normas de Eugenia, volvió a ser feliz entre los fogones de esa nueva casa. Su imaginación la transportó a su país y su abuela, sentada en su silleta, la guiaba en cada paso: "Lupita, menos chile, que por aquí no andan acostumbrados y no sea que los mandes al carajo niñita". La casa entera se inundó del olor de las tortitas y de los burritos, de los antojitos propios de su México lindo y del Chile estrella solitaria, como plato principal para la ocasión. De postre, un Pan de nata de Pan de Nata de Tlaxcala, embadurnado de chocolate y enorme de grande.
Dimitris llegó a casa a las seis de la tarde, había estado ultimando la iluminación de la fiesta y comprando los últimos encargos de su madre. Algo le paralizó cerca de la cocina, un olor inusual, intenso y provocador salía de la puerta entreabierta de esa habitación y sus pies autómatas, caminaron en esa dirección. Abrió la puerta y sintió como su cuerpo explosionaba de gusto ante lo que sus ojos contemplaban: una bandada de platos en hilera, cerca de la niña que había buscado tanto tiempo, se encontraba de espaldas, pero ese cabello le resultaba totalmente inconfundible. Se acercó a ella.
- Perdona, no sé si te acuerdas de mí.
Lupe se sobresaltó, no había notado su presencia.
- Sí, usted. Cada vez que aparece, me da un susto tremendo. Lo conocí hace dos meses delante de la fiesta a la que iba como bailarina.

Dimitris sintió una alegría inmensa; sí que le recordaba. No sabía si decirle que la había estado buscando, que quería conocerla. Sin embargo, las palabras que tanto había memorizado en el tiempo en que no la encontró, se esfumaron ante su presencia. Únicamente podía mirarla, ver con qué mimo ultimaba los detalles de la fiesta, observar sus manos, sus brazos y esos labios a los que besaría en ese instante, si supiera que no le faltaría el respeto a esa niña, no tan niña a medida que espiaba sus facciones, sus curvas. Lejos de la oscuridad de la noche en la que la conoció pudo darse cuenta de su edad, de su clase social y de las diferencias que existían entre ambos, pero no le importó tan sólo un pensamiento vagaba por su mente, deseaba conocerla con todas sus fuerzas.
- Perdona, Lupe, ¿esta noche vendrás a la fiesta?
- No, señor. Mi sitio está aquí, que todo salga bien y que no falte la comida fuera. La patrona de la casa me lo mandó así y no puedo disgustarla.
- Lupe, yo soy Dimitris, el hijo de la patrona, como tú la llamas, y mi deseo es que esta noche aparezcas por la fiesta. Hablaré con mi madre y todo solucionado.
Hizo que se alejaba, pero ante la mirada atónita de la niña, retrocedió y la besó delicadamente en la mejilla. Lupe sintió el calor de los labios de Dimitris, su respiración rápida y las mejillas volvieron a tornarse del mismo rojo del de la noche en que ése extrañó interrumpió su intimidad. No debía ir a la fiesta, algo en su interior decía que no era lo adecuado, además ¿dónde encontraría a esas horas una vestimenta adecuada? Le vino a la cabeza su vecina Dafne, costurera de las mejores familias, tal vez ella dispusiera de un vestido para prestarle esa noche.
Efectivamente, Dafne nada más enterarse de dónde iría Lupe, se le alteró el pulso: la casa de su hijo, a la que tantas veces había intentado ir para verle. Recordó que tenía un vestido de seda blanca largo, con un sólo tirante diagonal de cenefas doradas que sujetaba el vestido a la altura del pecho. Quien había encargado este trabajo lo rechazó por no ser demasiado ostentoso, por lo que con algún arreglo y buen acompañamiento podría servirle a Lupe.
Salió de casa de Dafne fascinada de tanto lujo, había olvidado quién era y tan sólo deseaba llegar a la fiesta, que él la viera. Corrió y corrió y cuando llegó a la puerta sintió la admiración de todos ante su presencia. Hombres y mujeres se giraban, cuchicheaban y murmuraban en voz alta, se preguntaban quién era esa chica, de dónde había salido. Sólo Eugenia maldijo la decisión tomada esta tarde, pues vio a su hijo cómo se dirigía firme y decidido al encuentro de Lupe, apartando a los visitantes y sus ojos llenos de brillo, fulgor.
Me temo que comer mis palabras, os dije que habría un final hoy, pero no puedo dejar la historia. Cuando me doy cuenta de lo que he escrito resulta que es demasiado y tampoco quiero dejar una Biblia como entrada. Por eso ahora no voy a prometer que la próxima entrada será el final, si no que digo que es lo que me gustaría... Sólo espero que os esté gustando y que me esperéis un poco para el final.
La receta de hoy unas ricas magdalenas. Tremendas de ricas para desayunar, esponjosas y con el sabor de limón en cada bocado. Seguro que os gustan.

Magdalenas de limón
Ingredientes
3 huevos
250 gr de leche
70 gr de aceite de girasol
330 gr de harina
250 gr de azúcar
1 yogur de limón
La ralladura de un limón
4 sobres de gasificante (2 dobles: 2 blancos + 2 moados si son marca Hacendado)
Precalentamos el horno a 180º y preparamos los moldes individuales de papel para las magdalenas. Yo éstos los he puesto sobre un molde de 9 magdalenas para que no perdieran forma los moldes individuales.
Ahora preparamos la masa de la magdalena. Para ello, colocamos los huevos en un bowl con el azúcar y mezclamos con la batidora durante unos minutos hasta que se deshaga el azúcar y tome la mezcla espumosa tome un tono amarillo pálido. A continuación añadimos el aceite, se vuelca el medio yogur y la leche y se sigue uniendo los ingredientes. Ahora incorporamos la ralladura de limón.
Tamizamos la harina y los papeles de gaseosa y se va mezclando con lo anterior y se echa rápidamente en los moldes. Horneamos durante 20 minutos o hasta que veamos que la magdalena está doradita y pinchando con un palillo salga limpio. ¡A comer!



























