domingo, 19 de septiembre de 2010

Magdalenas de limón




Dimitris había levantado cielo y tierra para encontrar a esa niña que sollozaba debajo del sauce llorón. Preguntó a gente de toda clase, en los barrios más recónditos, sin embargo, parecía como si nadie la hubiera visto jamás, como si su imaginación le hubiera hecho una treta imaginándose esa historia.
Lo dio todo por perdido, no la conocía, no sabía cómo era, tan sólo su obsesión le estaba guiando al desgaste. Decidió volver a su vida, hacer caso a sus amigos y zanjar esa búsqueda desesperada. La angustia y exaltación continua estaban causando estragos en él y su madre cada vez lo veía más preocupado, más delgado.
Eugenia se percató de los cambios en su hijo y le preocupó que anduviera entre los escarceos amorosos propios de su juventud, pues sólo una causa podía provocar tal situación. Se había convertido en un hombre de diecisiete años, de buen porte y facciones bellas, por lo que cualquier mujer desearía caer entre sus brazos, más aún sabiendo cuál era su clase.
De este modo, preparó un plan para terminar con las con los fantasmas que atormentaban a su hijo. Benice, la prometida de Dimitris desde su nacimiento, aparecería en escena. No era una chica especialmente bella, sin embargo, su inteligencia y su capacidad para adelantarse a cualquier situación serían suficientes para cautivar a un hombre.
Además, también sería necesario dar nuevos aires a la casa. Debería convertirse en un lugar de recreo, de visitas y fiestas continuas, de modo que Dimitris pasara la mayor parte del tiempo como anfitrión y no le quedara más tiempo para vagabundear por las calles de la ciudad. Por otro lado, si conseguía este propósito, Eugenia se percataría de cada uno de sus movimientos y podría controlarlo.
El mismo día en que comenzaba el verano la casa se había transformado en un pequeño palacete donde por la noche tendría lugar la fiesta más esperada entre los jóvenes de la isla. Dimitris no veía necesidad de ir publicando a bombo y platillo esa celebración, pero sus padres habían insistido tanto, que decidió invitar a todos sus amigos, quienes a su vez traerían a sus más cercanos familiares de ambos sexos, por supuesto.
Todos los preparativos parecían marchar adecuadamente, cuando, bien entrada la mañana uno de sus sirvientes apareció en el salón sosteniendo a su mujer, la cocinera.
- Señora, mi mujer se encuentra mal. Está en el final de su embarazo, por lo que sus síntomas bien podrían ser los del alumbramiento.
Con ojos de desesperación a Eugenia no le quedó más alternativa que despedir a su sirvienta. Preguntó entre sus sirvientes si alguien podría sustituir temporalmente a la futura madre, cuando uno de ellos habló de una amiga, muy jovencita, pero la mejor de las cocineras que pudiera encontrar en esa isla, su cocina era diferente de países lejanos, pero podría dar un toque especial a esa noche de magia. La expresión de la señora no tranquilizó al hombre que había hablado, pero ella tuvo que aceptar que la trajeran inmediatamente a su cocina y que comenzara a preparar esos manjares que habían comentado.
Así, Lupe apareció por la casa de Dimitris cerca de las tres de la tarde y, tras la presentación y normas de Eugenia, volvió a ser feliz entre los fogones de esa nueva casa. Su imaginación la transportó a su país y su abuela, sentada en su silleta, la guiaba en cada paso: "Lupita, menos chile, que por aquí no andan acostumbrados y no sea que los mandes al carajo niñita". La casa entera se inundó del olor de las tortitas y de los burritos, de los antojitos propios de su México lindo y del Chile estrella solitaria, como plato principal para la ocasión. De postre, un Pan de nata de Pan de Nata de Tlaxcala, embadurnado de chocolate y enorme de grande.
Dimitris llegó a casa a las seis de la tarde, había estado ultimando la iluminación de la fiesta y comprando los últimos encargos de su madre. Algo le paralizó cerca de la cocina, un olor inusual, intenso y provocador salía de la puerta entreabierta de esa habitación y sus pies autómatas, caminaron en esa dirección. Abrió la puerta y sintió como su cuerpo explosionaba de gusto ante lo que sus ojos contemplaban: una bandada de platos en hilera, cerca de la niña que había buscado tanto tiempo, se encontraba de espaldas, pero ese cabello le resultaba totalmente inconfundible. Se acercó a ella.
- Perdona, no sé si te acuerdas de mí.
Lupe se sobresaltó, no había notado su presencia.
- Sí, usted. Cada vez que aparece, me da un susto tremendo. Lo conocí hace dos meses delante de la fiesta a la que iba como bailarina.

Dimitris sintió una alegría inmensa; sí que le recordaba. No sabía si decirle que la había estado buscando, que quería conocerla. Sin embargo, las palabras que tanto había memorizado en el tiempo en que no la encontró, se esfumaron ante su presencia. Únicamente podía mirarla, ver con qué mimo ultimaba los detalles de la fiesta, observar sus manos, sus brazos y esos labios a los que besaría en ese instante, si supiera que no le faltaría el respeto a esa niña, no tan niña a medida que espiaba sus facciones, sus curvas. Lejos de la oscuridad de la noche en la que la conoció pudo darse cuenta de su edad, de su clase social y de las diferencias que existían entre ambos, pero no le importó tan sólo un pensamiento vagaba por su mente, deseaba conocerla con todas sus fuerzas.
- Perdona, Lupe, ¿esta noche vendrás a la fiesta?
- No, señor. Mi sitio está aquí, que todo salga bien y que no falte la comida fuera. La patrona de la casa me lo mandó así y no puedo disgustarla.
- Lupe, yo soy Dimitris, el hijo de la patrona, como tú la llamas, y mi deseo es que esta noche aparezcas por la fiesta. Hablaré con mi madre y todo solucionado.
Hizo que se alejaba, pero ante la mirada atónita de la niña, retrocedió y la besó delicadamente en la mejilla. Lupe sintió el calor de los labios de Dimitris, su respiración rápida y las mejillas volvieron a tornarse del mismo rojo del de la noche en que ése extrañó interrumpió su intimidad. No debía ir a la fiesta, algo en su interior decía que no era lo adecuado, además ¿dónde encontraría a esas horas una vestimenta adecuada? Le vino a la cabeza su vecina Dafne, costurera de las mejores familias, tal vez ella dispusiera de un vestido para prestarle esa noche.

Efectivamente, Dafne nada más enterarse de dónde iría Lupe, se le alteró el pulso: la casa de su hijo, a la que tantas veces había intentado ir para verle. Recordó que tenía un vestido de seda blanca largo, con un sólo tirante diagonal de cenefas doradas que sujetaba el vestido a la altura del pecho. Quien había encargado este trabajo lo rechazó por no ser demasiado ostentoso, por lo que con algún arreglo y buen acompañamiento podría servirle a Lupe.
Salió de casa de Dafne fascinada de tanto lujo, había olvidado quién era y tan sólo deseaba llegar a la fiesta, que él la viera. Corrió y corrió y cuando llegó a la puerta sintió la admiración de todos ante su presencia. Hombres y mujeres se giraban, cuchicheaban y murmuraban en voz alta, se preguntaban quién era esa chica, de dónde había salido. Sólo Eugenia maldijo la decisión tomada esta tarde, pues vio a su hijo cómo se dirigía firme y decidido al encuentro de Lupe, apartando a los visitantes y sus ojos llenos de brillo, fulgor.


Me temo que comer mis palabras, os dije que habría un final hoy, pero no puedo dejar la historia. Cuando me doy cuenta de lo que he escrito resulta que es demasiado y tampoco quiero dejar una Biblia como entrada. Por eso ahora no voy a prometer que la próxima entrada será el final, si no que digo que es lo que me gustaría... Sólo espero que os esté gustando y que me esperéis un poco para el final.

La receta de hoy unas ricas magdalenas. Tremendas de ricas para desayunar, esponjosas y con el sabor de limón en cada bocado. Seguro que os gustan.


Magdalenas de limón
Ingredientes
3 huevos
250 gr de leche
70 gr de aceite de girasol
330 gr de harina
250 gr de azúcar
1 yogur de limón
La ralladura de un limón
4 sobres de gasificante (2 dobles: 2 blancos + 2 moados si son marca Hacendado)

Precalentamos el horno a 180º y preparamos los moldes individuales de papel para las magdalenas. Yo éstos los he puesto sobre un molde de 9 magdalenas para que no perdieran forma los moldes individuales.
Ahora preparamos la masa de la magdalena. Para ello, colocamos los huevos en un bowl con el azúcar y mezclamos con la batidora durante unos minutos hasta que se deshaga el azúcar y tome la mezcla espumosa tome un tono amarillo pálido. A continuación añadimos el aceite, se vuelca el medio yogur y la leche y se sigue uniendo los ingredientes. Ahora incorporamos la ralladura de limón.
Tamizamos la harina y los papeles de gaseosa y se va mezclando con lo anterior y se echa rápidamente en los moldes. Horneamos durante 20 minutos o hasta que veamos que la magdalena está doradita y pinchando con un palillo salga limpio. ¡A comer!

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Chile estrella solitaria



Guadalupe no pertenecía a la tierra de Dimitris, era hija del país cuya virgen lleva su nombre, Méjico. Su padre Moses había dedicado su juventud al negocio del mar. Viajó por los lugares más exóticos y lejanos para comprar telas, especias, piedras preciosas y todo aquello que en Grecia pudiera ser adquirido por los mejores postores a precios desorbitados. Una excusa para escapar en busca de aventuras, descubrir sitios espectaculares y experimentar nuevas sensaciones.
Sin embargo, entre el trasiego de viaje y viaje llegó a Méjico donde se enamoró locamente de una mujer, mitad española, mitad mexicana, pero racial hasta el último poro de su piel. Un fugaz romance que terminó con su muerte de María tras el alumbramiento de una niña, el mismo día de la patrona del país, el 12 de diciembre, de aquí su nombre Guadalupe.

Su abuela materna se hizo cargo de ella y la educó hasta hacerla una mujer de doce años. El sitio de su aprendizaje la cocina, donde atisbaba el vuelo de la falda de su abuela, que cocinaba los platos más sabrosos para sus patrones. Su olfato se acostumbró rápido al olor del chile, del cilantro,... su gusto, al sabor del tlalpeño, de los tamales y de la buena carne de res. No había día en el que no recibiera su pequeña ración, ahora sí, a escondidas, lejos de la mirada inquisitiva del resto de sirvientes.
Pronto comenzó a ayudar en el trabajo. Los achaques de su abuela debían acallarse, por lo que sustituyó el lápiz por la cuchara de madera y aprendió la tradición de su país entre fogones. En cuatro años tuvo tiempo suficiente para cocinar todas las recetas de su maestra, de experimentar por sí misma y de preparar nuevas creaciones; sin embargo, había un plato con el que disfrutaba, el Chile Estrella Solitaria, pues su mezcla de sabores y la sutileza del chile picante la dejaban anonadada, suplicando por un poquito más.

Lupe apenas disfrutó de la compañía de su padre durante esos años, quien volvió a navegar, intentando, en vano, olvidar a la mujer de sus sueños, cayendo derrotado cada vez que podía en las caricias compradas, en el amor simulado.
En Navidad siempre volvía a Tlaxcala donde vivía su hija y su suegra para celebrabar el mes de diciembre entero. Moses era consciente del poco tiempo que le quedaba a la abuela, su edad y la enfermedad en los huesos iban haciendo estragos rápidamente. Ahora, lo que no intuyó fue su muerte repentina, el mismo día en que Lupe cumplía los doce años. La enterraron sin más honores que su ropa de domingo y su rosario entrelazado en las manos, con su sonrisa mellada, la misma con la que amaneció, símbolo del encuentro con su hija en cielo divino, pues como había contado a su nieta: "Un día de estos vendrá tu madre a recogerme para llevarme y sonreiré antes de marcharme, a pesar de que te dejo, sólo para que sepas que estoy con ella".
Fue entonces cuando se vio obligada a recoger sus pertenencias y viajar con Moses. Recorrió toda la costa de México, vivió nuevos amaneceres, se asombró ante el oro, todo mágico. Sin embargo, su padre observaba su desarrollo, como se iba convirtiendo en una mujer y su cuerpo adoptaba las formas propias de su edad. En unos meses se había convertido en una preciosa mujercita, lo que conllevó a más de un comentario de los marineros compañeros de Moses. A él únicamente le intranquilizaba la piratería, esa pandilla de insensatos maldecidos como la peor raza existente en el mundo del mar, aquellos que disfrutaban con las muchachas más jóvenes y se apoderaban de su mayor tesoro. Por ello, tomó la mayor decisión de su vida; abandonó su ilusión, sus viajes, para adentrarse en un último viaje, el de regreso a su tierra natal la isla de Milos, donde poder acomodarse y buscar un marido para su hija.

Lupe desembarcó en Grecia en la primavera de su trece cumpleaños. El mar transparente y el ajetreo de los pescadores en la orilla del mar le transmitió serenidad, a pesar de chapurrear sólo un poco la lengua paterna. El mercado a pocos metros, donde se observaba mujeres comprando verduras de lo más coloridas.

La casa de la abuela paterna de Lupe se encontraba totalmente derruida, el peso de veinte años sin ser habitada. Moses sintió el dolor agudo de su corazón, junto con sus añoranzas y recuerdos infantiles, el olor de su madre, la sonrisa de su padre. Se comprometió en esos instantes en recuperar su hogar y transmitirle a su hija tantos recuerdos.
En apenas unos meses terminó la reparación de su casa, recuperó sus antiguos amigos y comenzó a pescar para ganarse la vida. Su cuerpo, curtido por tantos años al sol y su mirada perdida, atrajo los suspiros de más de una mujer. Una de ellas le habló del futuro de Lupe.
Necesitaba presentarse en sociedad, ser vista y admirada por los hombres del pueblo, pero no por cualquiera, sino por los más poderosos. Su belleza y su mezcla racial pronto sería admirada y deseada. Tan sólo había que buscar una forma con la que conseguir todo esto y la mujer recomendó a Moses el baile.
Lupe se extrañó cuando un día su padre le dejó dinero para que visitara a su nueva amiga. Ella le enseñaría el arte del baile, según habían ultimado los dos adultos y en cinco meses ya estaba preparada para su debut. Vestida con un pantalón ancho, corpiño y velo naranja, aprendió a maquillarse para esa noche. Un hilo de kohl negro dibujaba su ojos rasgados y los labios cereza se hacían apetecibles. Se miró en la fuente del pueblo, cuando iba camino de la fiesta a la que había sido invitada. No se reconoció y sintió la vergüenza recorriendo su cuerpo, ¿tendría valor para seguir el baile en público? ¿o se equivocaría en el primer paso?
Se acercó a la entrada del jardín donde el anfitrión de la fiesta le esperaba; sin embargo, no se atrevió a llamar, retrocedió y retrocedió, buscando refugió, cuando chocó con las ramas de un sauce llorón...


Y lo siento el final... El final en la siguiente entrada. Es que una se pone a escribir y a escribir y se mete dentro de la historia, que cada vez toma más vida. Espero que me perdonéis.

Con esta historia os presento una nueva receta para el concurso de recetas mexicanas que organiza Lazy Blog con la Escuela de Cocina Kitchen Club y casi no llego... Se llama Chile estrella solitaria y es un plato muy original, pues mezcla el chocolate con la cerveza dejando un sabor muy rico y diferente, donde el chile se nota en cada bocado.
La receta la saqué de Cocina del mundo, aunque revisando libros de recetas mexicanas también se puede ver en "Cocina mexicana, más de 100 irresistibles recetas".

Chile estrella solitaria
Ingredientes (4 personas)
1 cucharadita de semillas de comino
650 gr cuarto trasero de buey en dados de 2,5 cm
harina salpimentada, para rebozar
3 cucharadas de grasa de carne de buey derretida, grasa de beicon o aceite vegetal
2 cebollas picadas
4 dientes de ajo picados
1 cucharada de orégano seco
2 cucharaditas de pimentón dulce
4 chiles rojos secos tipo ancho o pasilla, o al gusto, triturados
1 botella grande de cerveza lager
120 gr de chocolate negro

Tostamos ligeramente las semillas de comino a fuego medio, agitando la sartén, unos 3 o 4 minutos. Deja que se enfríen y después májelas en el mortero.
Ahora, salpimenta la carne y rebozala en un poco de harina harina . Fríe la carne en una cazuela grande con aceite. Retírala y reserva para después.
En la misma cazuela y con más aceite si hiciera falta, ponemos a pochat la cebolla y el ajo en la cazuela durante 5 minutos a fuego suave, hasta que estén tiernos. Agrega el comino, el orégano, el pimentón y el chile y remueve 2 minutos, con cuidado de que no se queme el pimentón. Vuelve a poner la carne en la cazuela, vierte casi toda la cerveza y añade el chocolate troceadito. Llévalo a ebullición removiendo, baja la temperatura, tapa la cazuela y déjalo a fuego suave 2 o 3 horas o hasta que la carne esté bien tierna, añadiendo más cerveza si fuera necesario.

martes, 14 de septiembre de 2010

Moussaka griega




Whole kitchen en su Propuesta Salada para el mes de Septiembre nos invita a preparar todo un clásico de la cocina tradicional griega, una Musaca.

Me imagino una historia redactada en otro idioma, ininteligible en nuestro país, pero reconocida en todas las lenguas...

Hace unos cuantos siglos en un pequeño pueblo costero de una remota isla griega, vivía nuestro protagonista, Dimitris, moreno, de pelo motoso y altura importante. Sus ojos lo primero que llamaba la atención, verdes grisáceos, imponentes de grandes, descaradamente atrevidos. Cuentan que durante su infancia la familia Samaras cayó en desgracia, su padre envilecido por la bebida falleció en una disputa callejera, mientras la madre, Dafne, cuidaba de sus tres hijos. Esto sucedió una noche de invierno, cuando Dimitris contaba con apenas unos días.
Su vida quedó marcada con el trágico suceso. No llegaba el dinero para mantener tantas bocas, por lo que, con todo el dolor de su alma, su madre lo entregó a una familia acomodada. Eugenia recibió el mayor regalo en vida, un hijo con el que acallar las súplicas continuas de su marido. Un heredero se convertiría en la sorpresa perfecta para su compañero una vez que volviera de su largo viaje a la capital griega. Tan sólo permitió que la verdadera madre de nuestro protagonista tuviera contacto con él una vez al año, el día de su cumpleaños.
Una fecha señalada en el calendario de Dafne, cuando gastaba gran parte de los ahorros en comprar los ingredientes para preparar el plato heredado de su familia, la moussaka. El cordero y las verduras protagonizaban un festín familiar, cuya causa sólo la recordaba su hija mayor de seis años y ella misma. El trozo más grande de la moussaka para su hijo regalado, por lo que envolvía su comida con el mayor esmero y bien temprano lo dejaba a los sirvientes de Eugenia.

Dimitris creció con la mejor educación posible, sus mentores los más codiciados de la isla y sus amigos, los hijos de las familias más acaudaladas. Nunca sospechó su origen y disfrutó de la buena vida.
Al cumplir los quince años su semblante y su cuerpo corpulento se habían desarrollado a la perfección. Sentía las miradas de las féminas, la envidia de quienes habían sido sus amigos y el respeto de sus mayores. Sin embargo, su inocencia aún quedaba por despertar.
Su vida había sido pincelada por los pasos de Eugenia. Desde niño concertó su matrimonio con la hija de una de sus primas lejanas, Benice, y su educación se alejó del terreno del ejército. Sólo permitió que cultivara su mayor afición el deporte y, en concreto, el atletismo. Para él, dichos planes no supusieron ningún esfuerzo, anteponía su figura materna, pues el cariño infinito que recibía debía devolverse de alguna manera.
Sin embargo, con esta edad, la sangre fluía por sus venas en plena ebullición, deseando salir de su cuerpo en busca de experiencias nuevas. Así, se encontró escapando a hurtadillas de su cuarto en plena madrugada a escondidas, sólo para hacer acto de presencia en las fiestas prohibidas, que preparaban sus amigos. En ellas todo era bienvenido; vino, comida, mujeres poco tapadas, junto con otro tipo de sustancias igualmente adictivas.
Pronto su vida entró en la rutina, sus días se alargaban sin sentido, deseando que llegara la noche para volver a lo que parecía llenarle. Sin necesidad, de buscar un trabajo digno o de formar su alma, de llenar su espíritu, sentía que su destino estaba echado, que había nacido para lo que estaba viviendo y que terminaría siguiendo los pasos de su padre adoptivo en política. Tan sólo era cuestión de suerte, del destino que a cada uno lo pone en su familia.


Sin embargo, la fuerza del sino deseó mostrarle la verdadera cara de su realidad, su origen...
Una de las noches descritas, ante la puerta del jardín donde se organizaría la fiesta del exceso, Dimitris tropezó con un velo de seda naranja, raído por la esquina superior donde se engancha a la diadema de su propietaria. Miró a su alrededor por si pudiera encontrarse con ella, pero no divisó nada, tan sólo un ruido le llamó la atención, los lamentos de una voz, una niña, susurrados en la oscuridad, debajo de un sauce llorón, que desdibujaba su figura.
Dimitris se acercó, su curiosidad y deseo era superior al valor de huir de esa situación. Sabía que, según las reglas de la amistad impuestas, estaba totalmente prohibido tocar o hablar con ninguna de las bailarinas. No eran mujeres cualquiera, sólo un arma de seducción tan poderosa como para hacerles imaginar el mundo del placer. Pero, apartó las ramas del sauce, intentando únicamente devolverle el velo a la niña, sin pronunciar palabra...
Ella se asustó, se encontraba demasiado ensimismada consigo misma. Alzó la vista y sus ojos llorosos se clavaron en el intruso, maldiciendolo por romper ese momento de intimidad. Él mantuvo la mirada, aunque esos inmensos ojos negros rasgados le provocaron una vergüenza repentina y notó como sus mejillas transmitían este nuevo estado. Apenas, tendría trece años e iba vestida como sus compañeras profesionales. Una falda y corpiño marcaban sus curvas recién desarrolladas. Sus facciones, su cara, su pelo, era diferente. Nada que ver con las chicas que conocía, su tez color caramelo acompañaba un cabello largo hasta la cintura, liso y brillante.
- Perdona, encontré tu velo y pensé... - titubeó Dimitris.
- Gracias, pero no lo voy a usar esta noche, ¡ni nunca!
- ¿Cómo?
- Me vuelvo a casa. No he bailado en mi vida y pensar que tengo que salir al escenario me da pánico. No me gusta esta forma de ganar dinero, prefiero decirle a mi papá que no puedo.
Colocó su velo y comenzó a correr en dirección opuesta a la casa. Dimitris la siguió hasta alcanzarla, agarró su brazo y suplicó:
- Por favor, dime tu nombre. Sólo tu nombre.
- Lupe.
Y se alejó, dejando en la soledad a un nuevo hombre...

2º parte en la siguiente entrada


Ahora os dejo con la receta protagonista de la entrada de hoy, la moussaka griega, con la que participo en el Círculo Whole Kitchen en septiembre. Una receta deliciosa por el contraste de sabor y estupenda para cuando tenéis invitados. Dicen que es la antecesora de la lasaña y que parte de sus orígenes se encuentran en Oriente, principalmente por el uso del cordero. Yo os dejo mi versión adaptada, con carne picada de ternera y de pollo, ya que el cordero no me gusta demasiado...

Moussaka griega
Ingredientes (para 5 personas)
2 berenjenas grandes cortadas a lo largo en rodajas
500 gr de carne picada, mitad de ternera y mitad de cerdo
1 cebolla y media
2 ajos grandes
400 gr de tomate casero
1/4 de vaso de vino tinto
Una pizca de sal, pimienta y canela (o al gusto)

Para la bechamel
3 cucharadas de aceite
2 cucharadas de harina
2 vasos de leche bien caliente
Queso parmesano rallado
1/2 cucharada de nuez moscada
Sal y pimienta

Pasamos las rodajas de berenjena a un bowl y echamos sal. Dejamos reposar todo durante unos 30 minutos para que las berenjenas suelten el agua y pierdan su amargor. Transcurrido estos minutos las lavamos con agua fría y las secamos con papel absorbente.
Precalentamos el horno a 200º. En una fuente echamos un poquito de aceite y colocamos las rodajas. Se dejan dentro durante otros treinta minutos o hasta que veamos que la berenjena se ha dorado.
A continuación en una sartén grande pochamos la cebolla picada en cuartos y añadimos los ajos picados en trozos pequeños, cocinamos unos minutos. Después se añade la carne, la canela, la sal y la pimienta y se deja que se haga tranquilamente durante diez minutos aproximadamente, sin dejar de desmenuzar en todo este tiempo la carne para que se hagan migajas.
Seguidamente añadimos el tomate y lo dejamos cocinar unos 5 minutos. Se añade el vino y se deja reducir durante 15 más o menos.
En este instante, preparamos la bechamel. Ponemos en un cazo a fuego medio el aceite y cuando esté caliente añadimos la harina sin dejar de remover con una cuchara de madera, durante un minuto aproximadamente o hasta que la harina adquiera un tono amarillo pálido, es decir, que se dore sin llegar a quemarse.
Incorporamos la mitad de un vaso de la leche bien caliente, movemos enérgicamente y seguimos echando leche poquito a poco sin dejar de remover. Por último se añade la sal, la pimienta, la nuez moscada y el queso parmesano, y seguimos moviendo hasta que la salsa tenga un aspecto homogéneo y sedoso. Si quedan grumos, se puede batir con la batidora.

El montaje del plato es bien sencillo. En la misma fuente donde hemos horneado las berenjenas, colocamos una capa de éstas, seguidamente otra de carne y repetimos con otra de berenjenas y de carne. La última será de bechamel al que le hemos rallado un poco de queso parmesano en la superficie.
Lo introducimos en el horno precalentado a 180º y lo dejamos hornear durante unos 30 minutos. Si el queso no os ha quedado lo suficientemente dorado, lo ponemos unos cuatro minutos al grill, hasta que adquiera el tono dordado deseado. ¡Y listo!

domingo, 12 de septiembre de 2010

Cookies de melocotón





¿Vuelta a la rutina? A mí me gusta… Sí, sí que no me he vuelto loca, pero es que en Madrid, es en septiembre cuando más eventos se organizan. Que si la noche en blanco, que si comienza el teatro de…, que si Fashion Night Out (FNO)… Y ¡Uyy! Justo el viernes 9 de septiembre tuvo lugar este último. Moda por un tubo, todo muy “fashionable”, tiendas abiertas hasta las doce de la noche no sólo vendiendo, sino engalanadas con champán, vino, cervezas, comida, etc,…

Sabía que me gustaría, no ya sólo por las tiendas que se unieron al evento, sino también porque reconozco que soy de una filosofía, que me encanta seguir una frase muy típica española. Soy del “a ver qué dan”, del curioseo oportunista, de las cosas regaladas y de los descuentos. Ahora, también pregunto ¿y quién no?

Desde una semana antes iba dejando caer por casa…
- Anda, ¡mira! Si la semana que viene es la noche de la moda…
Carlos ni me mira, está viendo las motos…
- ¡Carlos!
- Mmmmm, sí, sí,…
- Y ¿abren todas las tiendas por la noche? Pero esto ¿qué es?
- Mmmmm
- Alaaaa, aquí dicen que hay desfiles, y ¡cucha! ¡También música! ¿Me estás escuchando?
Se gira el “don”, yo indago sus ojos rápidamente y lo veo todo nublado, ¿me mira a mí?… En su cabeza sólo hay un ruido, el de las motos. No piensa, sólo una neurona hace eco gritando “¡Sí, sí, sí!”
- Sí, sí, sí…
Pero reacciona con mi sonrisa de “ni de coña” e intenta encontrar un feedback de lo que hace unos segundos escuchaba de fondo.
- Que sí hombre, tiendas que abren por la noche…
¡Bien! Una palabra que no le hace nada de gracia, tiendas, unido con más horas abiertas, ¡rechazo total!, por lo que como a sus oídos se le iba a pasar…

El jueves por la tarde le lancé la última directa, directísima. Muy diplomáticamente, le pregunté si se acordaba del evento y ni caso. Hace como que no me escucha o su memoria selectiva no le deja más que seguir con su diálogo que ha montado una macro con excel…Pero lo convencí y es que lo que no consiga una mujer… Sabía que él sólo veía impedimentos: tiendas, más tiendas y gente a raudales, así que le tenía que dar un giro: comida y bebida gratis… por lo que le escribo por mail:
- Carlos que también hay conciertos y encima ¡comida!, champán, ¡vino!...
- Anda Gema, ¿qué te crees tú? Que somos unos muertos de hambre para que nos den todo eso…
- Mira la página web y me dices si no es verdad…
Y ¡ya! No hizo falta más para convencerlo. Cómo platos debía tener los ojos cuando comprobó que lo que decía era cierto… Una luz se encendió en su cerebro cuando me contestó que entonces sí, ¿porque a quién le amarga un dulce?
Ahora en su cabeza sólo una cosa clara, la vestimenta para dar el cante en un evento tan de moda… Se iba a poner su camisa azul del monstruo de las galletas. ¡Ahí, ahí! ¡Qué se note donde va el personaggio! Me pregunta a mí que me parece y yo toda mona con un vestido de florecitas, lo último de esta temporada…

Primera parada Mercado de Fuencarral. Música buena y a todo volumen. Carlos por delante andando a lo John Travolta en Grease, marca el ritmo y....mordida de labios. “¡Madre mía, qué novio tengo!” Le miro y esto le gusta, mira tiendas y la gente peinada y maquillada sin pagar ni un duro, eso sí, por la peluquería del mercado. De repente, visualiza un stand, yo también y ambos nos percatamos que sirven copitas de mojito. Mi don clava sus ojos en mí y suelta:
- Ve tú, que tienes más cara.
¡Toooma! ¡Eso sí que es cara!
Total que allí voy, pero nada... Así que ante mi fracaso, volvimos a la calle y dirección hacia la primera tienda que vimos que había gente en la calle con una copa. Dentro champán y la dueña diciéndome que sólo quedaban dos copas y se las llevaba quien tuviera más cara, es decir, yo, porque mientras que un individuo se decidía, yo me lancé toda fina a por las dos, porque quien no corre vuela...
Ahí estaba el don, ojeando botas con su copa de champán, en frente de unos espejos abismales, por lo que los vistazos también se dirigían a su figura...
Tercera tienda, cerveza large y más glamour. Carlos más en su salsa aún; en dicho espacio habían contratado un DJ y la musiquita era más que buena. Mezcla de jazz y sesión popera. Tal era la diversión que me dijo:
- Tú sigue mirando que yo me quedo aquí.
¡Ea! Sí que estaba a gustito, vamos en pleno pub que se encontraba cotilleando al DJ y haciendo como que se interesaba por la ropa.

Salimos de allí y entre todo lo que llevaba encima noto, que está demasiado contento, porque he de advertir que antes de ir al FNO ya habíamos tomado dos cañas en otro sitio. Total que con tanta alegría en ambos cuerpos, entramos en la cuarta tienda; aquí copa de vino y ya con la mayor de las caraduras diciéndole al camarero que no se cortara echando.
Imaginad que fiestecilla montábamos los dos. Observaba a Carlos y sus ojos azulgrana (por sus ojos azules y el color de alrededor) delataban su estado y yo que no paraba de mirar ropa para que me trajeran otra copa más...
- Esto me gusta... ¿A ti Carlos? ¿Carlos?
- Sí, sí, sí...
Su única neurona en funcionamiento, no nos olvidemos de ella.

¿Y cómo terminamos? Cenando un kebap para bajar un poco la alegría y hablando por los cuatro costados con el afgano dueño del local...

Ahora os dejo unas galletitas estupendas, ricas y esponjosas. Si las queréis más crujientes, unos minutos más al horno controlando que no se quemen y listas.
La receta las saqué de Aída, que tiene un blog estupendo, con unas recetas muy buenas y originales. Os dejo su link para que la visitéis en With the hands in the dough.
Aída a su vez cogió esta receta del libro de Cookies de Marta Steward.

Cookies de melocotón
Ingredientes (para unas 3 docenas de galletas):
280g de harina
Media cucharada de café de sal (unos 5 g)
Media cucharada de café de levadura en polvo (unos 4 g)
110g de mantequilla pomada (a temperatura ambiente)
200g de azúcar
1 huevo grande a temperatura ambiente
Media cucharada de café de esencia de vainilla
2 melocotones grandes o 3 pequeños, pelados, deshuesados y cortados a dados pequeños, un poco más grandes que los de parchís (en mi caso resultaron un poco menos de 300g de dados de melocotón)
100g de mermelada de melocotón

Para espolvorear:
2 cucharadas soperas de azúcar y media cucharada de café de canela en polvo mezclado.

Primero tamizamos la harina, la sal y la levadura. Luego batimos con unas varillas la mantequilla con el azúcar hasta tener una pomada y disolver el azúcar, es decir, unos cuatro minutos.
Añadimos el huevo y la vainilla y seguimos mezclando. Se incorpora la harina, sal y la levadura y cuando tengamos toda una masa, echamos el melocotón y la mermelada. Aquí sólo habrá que mezclar un poco hasta combinar bien.
En este momento echamos sobre un papel de horno cucharadas soperas de masa, intentando que queden una bolita y separadas unas de otras como mínimo por cinco centímetros, ya que al hornearse se expanden y pueden juntarse unas con otras.
Cuando las hayamos preparado, se espolvorea encima el azúcar y la canela.
Hornear en el horno precalentado a 190ºC alrededor de 11-13 minutos, girando la bandeja a mitad de la cocción, hasta que las galletas queden doradas y un poco firmes.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Pan de nata de Tlaxcala





Recuerdo como hace ya unos cuantos años dije en voz alta: "no vuelvo más a un restaurante mexicano" y menos mal que no me hice caso...
Creo que tendría 12 años y estaba la familia Vargas en Nerja. Solemos ir bastante por allí en verano, de cena y a por un crepe o un helado en el Balcón de Europa y tan contentos de vuelta.
Pero el día del que os hablo no terminamos muy contentos, no, no.

Resulta que andaban mis padres algo originales, aunque más mi padre que eso de comer le gusta más al hombre. Su decisión de cenar en un sitio diferente resultaba algo inevitable y mi hermana, con seis años por entonces, y yo le apoyábamos: Rocío porque siempre que sea comer apoya la moción y yo porque en esa edad empecé a apreciar la comida. Mi madre, tradicional como ella sola en esto de la alimentación, no decía ni esta boca es mía, hasta que mi padre se quedó parado en una entrada... Quieto delante de una puerta toda llena de parnafernalias, colorines y cenefas bien vistosas busca la aprobación de mi madre, pero ella nada. Nos mira a nosotras para confirmar que seguimos su figura paterna y las dos al unísono afirmamos con la cabeza... Mamá tiene la batalla perdida, lo asume, pero antes advierte que no vamos a comer bien. ¡Ala! mal de ojo echado, porque todo lo que diga y yo no sé cómo se las apaña, siempre se hace realidad.
Total que entramos y un camarero con un sombrero típico mexicano nos coloca en nuestra mesa y nos deja la carta. Vamos una hoja en español que bien podría haber sido otro idioma, porque hasta más difícil de pillar que el italiano era. Chilaquiles por un lado, tacos por otro, frijoles, enchiladas... "¿Eh? ¿Dónde nos hemos metido?"
Mi desconcierto fue seguido por las caras de mi familia: mi padre mantenía la compostura y parecía un experto en la nueva clase de alimentación a la que se enfrentaba; mi madre miraba con cara de desolación la carta al ver que ponían platos picantes; y mi hermana, con más hambre que un mirlo, agarraba con fuerza a mi madre para que le dijera qué había de comer.

- ¿Saben ya que va a ser?
Sorpresa de toda la familia y giro de cabezas en dirección hacia la voz que atormenta nuestro momento de concentración.
- Pues no. Es la primera vez que venimos un mexicano, así que si nos puede ayudar - comenta mi padre.
- Sí, por supuesto...
Aunque por dentro tendría que estar diciendo, otros catetillos, porque su expresión de desgana no engaña a nadie. Comienza como un papagayo a releernos la carta y nosotros más que atentos, que parecíamos estar viendo al mismísimo Cristo del silencio... La descomposición de caras fue tal que el camarero debió pillarlo y cambió radicalmente de táctica, ahora sí que comenzó a recomendar algún que otro plato.
A mi padre nada le convencía, el hombre se debió pensar que ahí ponían carnaza seguro, cuando captó que no había brasa y que estaba en un mexicano y no en un argentino... Mi hermana alucinaba en colores, todo le debía sonar bien, porque mientras el camarero cantaba platos, ella sonreía, se movía nerviosamente por la silla y se mordía los labios. Yo, era otro caso, me las di de lista y ya tenía mi indecisión propia, dos platos a elegir uno. Ahora, el gran dilema, mi madre, la mujer, que, por entonces, se pensaba que la comida italiana era exótica y ni siquiera le gustaba, pues tú imagínate dónde la habíamos metido...
- Perdone y ¿qué es lo que no pica? - salta mi madre. Anda que se iba a quedar a gusto ella si no soltaba esto...
- Pues, la verdad es que todo pica, pero muy poquito.
Y... Aquí pondría yo ahora mismo la musiquita de Hitchcok y a mi madre en la ducha gritando...
- Ahora si quiere le podemos traer un fuente de varios pisos donde tiene tortitas de maíz y varios ingredientes para que usted se eche lo que quiera.
- Vale, venga, vale...
Asiente al mismo tiempo, pero no se la ve muy convencida. Sin embargo, el resto parecemos haber tomado la decisión correcta. Mi padre no le queda más remedio que disimular que se encuentra a gusto y dejarse llevar por la nueva experiencia, aunque por dentro sé perfectamente que estaba pensando por entonces: ¿Y quién me manda a mí meterme aquí y ponerme a experimentar ya a estas alturas? ((¿No papá?))
Traen los entrantes unos nachos con diferentes salsas. Mi hermana engancha uno y a probar, cuando mi madre la agarra y le dice que espere. Ella prueba uno y pufff no tiene picante, menos mal. Cojo un nacho yo y comienzo uno por uno a probar y mi padre lo mismo. Mi hermana ahí comienza cuando vemos que le toca el que tiene picante y con muecas en la cara se aparta rápido el nacho de la boca y a la servilleta...
- Mamá, ¡agua, agua! - grita haciéndose aire en la boca.
El resto ya sabemos donde no probar, aunque mi padre como es un macho español, pues allí que fue sólo para decir que no picaba tanto...
Después los segundos. Cada uno mirando su plato, pensando: ¿y esto cómo se come? Y, mi madre, se volvió a llevar todo el protagonismo. Le dejaron un artilugio como un arbolito delante de ella, lleno de judías, frijoles, pollo,... Ahí que va a prepararse su primer taco y salta:
- No está mal. A ver y esto qué es.
Ya estaba entretenida. Mi padre, ni tan mal, se encontraba metiendo mano a la carne que le habían dejado. Rocío, ya había probado el plato, pero parece que algo picaba pues dos vasos de agua llevaba bebidos. Creo que parece que fui yo la única en equivocarme y eso dije cuando probé mi plato y solté:
- Mamá, ¡agua, agua!
Y de un sorbo me había soplado un vaso entero de agua.
- Pedro pide otra botella de agua.
Transcurrieron cinco minutos desde el primer bocado y yo adopté un comportamiento, primero un tenedor de taco y segundo un sorbo de agua. Mi hermana echaba chispas, roja como un tomate, sudando como un pollo y con los dedos como parabrisas para quitarse el empañamiento de las gafitas. Sólo decía una palabra: agua, pero con el hambre que tenía anda que iba a dejar el plato lleno.
Terminamos de comer y seis botellas de agua que habíamos tomado... Los platos medio llenos, pero el de mi madre, bien mirado, estaba vacío en comparación con la cantidad de comida que le habían puesto. Recogieron la mesa y colocaron unos tequilas. Mi progenitora más rápida que nadie, enganchó los vasos y los devolvió al camarero, pero éste no podía cogerlos, porque se estaba inspirando para cantar una una ranchera...
Una vez reposando la comida con el tequila, nos dio por observar a nuestros vecinos de la mesa de al lado. Un matrimonio de franceses de pura cepa con una niña de unos ochos años y con unas gafas aún más grandes que las de mi hermana, que eso ya era decir... A la niña le trajeron algo parecido a una lasaña y Rocío la mira expectante, con ansía por que se metiera un bocado en la boca, como si ella misma hubiera hecho la trastada de ponerle demasiado picante a la lasaña. Y lo hizo, cuando, de repente, le subieron los colores, su cara se tornó de blanco a un rojo claro, sus mejillas a un rojo más bien espeso y las gafas se le nublaron por el calor que transmitía su piel. Entonces comenzó a suplicar: "Agua, agua" y, sabiendo todo lo que vendría después, la familia Vargas se comenzó a reír a carcajada limpia.


Y todo esto para mostraos la receta con la que participo en el concurso de recetas mexicanas que organiza Lazy blog con la escuela Kitchen Club. Hice un Pan de nata tremendo de rico con una textura insuperable y bonito como él solo. La receta la saqué de la web de Guía de tacos, especializada en parte en recetas de México. Os dejo un poco de historia de este pan sacada de su web.
El pan de nata de Tlaxcala es delicioso y difundido en fiestas patronales como Pan de Feria a través de diferentes eventos nacionales e internacionales como la “Feria del Caballo” en Texcoco, durante los primeros días de marzo; o la ”Feria de Algodón de San Luis Potosí”. Es considerado como un platillo artesanal y distintivo del Estado de Tlaxcala y su elaboración es una herencia familiar.


Pan de nata de Tlaxcala
Ingredientes (6 personas)
175 gr de harina
1 cucharada de mantequilla
125 gr de azúcar
200 gr de nata para montar o la más espesa que encontremos
40 gr de nueces picadas (yo usé avellanas tostadas)
2 cucharaditas de levadura
2 huevos
1 cucharadita de Vainilla
1 pizquito de sal
200 gr de chocolate de cobertura

Primero, preparamos el recipiente que irá al horno con la masa que será el pan. Para ello, echamos mantequilla en éste hasta formar una fina película y después espolvoreamos con harina por toda la superficie. Precalentamos el horno a 180º.
Después tamizamos la harina y la levadura bien. Mezcla la nata con una batidora durante dos minutos. Ahora agrega los huevos, azúcar y la vainilla. Sigue mezclando y agrega la harina, la levadura y la sal. Una vez tengamos todo bien unido, incorporamos las avellanas y se vuelca la masa en el recipiente. Lo llevamos al horno y dejamos dentro cuarenta minutos o hasta que veamos que el bizcocho se ha hecho y está dorado por la superficie.
Ahora desmoldamos y adornamos con el chocolate que habremos deshecho al baño maría. Yo coloque unas galletas de helado que pinté con el chocolate para decorar.
¡A disfrutar!

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pipirrana de mi bisabuelo (hecha por mi abuela)

(4 meses y 159 seguidores. ¡Muchas gracias!)

Bueno y como lo prometido es deuda, aquí va una receta exquisita, uno de los grandes manjares de mi tierra y el mejor de los platos de mi casa por supuesto...

Cuenta mi abuela que su buen padre era uno de los mejores carpinteros de la tierra de las aceitunas. Lucho en la Guerra Civil, pero pronto tuvo que volver a su hogar con una bala en el pulmón. Se casó con una mujer extraordinaria, capaz de criar a siete hijos en los tiempos de la posguerra. Poco pan y muchas lentejas, el título de una película protagonizada por mi abuela y sus hermanos; demasiada hambre.
Mi bisabuelo llegaba a su casa en la cena, recuerda mi abuela, y lo primero que se preparaba su pipirrana o lo que pillara con el "majao" que tanto le gustaba. Sus hijos lo miraban deseando probar bocado y él esperaba unos minutos, tiempo suficiente para que su cena se enfriara en la ventana, ya que, como apunta, "entonces no había frigorífico".
Todo esto me lo decía desde pequeña. Me miraba con su cara de regañina, cuando, después de horas sentada conmigo para que comiera, arremetía:
-¡Aaaay qué vosotros no habéis pasado hambre! Cuando yo era joven me tuve que ir a Madrid para trabajar. A limpiar suelos, con las manos... ¡Hips! ¡Uuuuy! ¡Aaaaaaaaaaay! ¡Hips!
Y yo que la miraba y no me creía lo que estaba viendo:
- Abuelita, ¿estás llorando?
- ¡Aaaaaaaayyyyy! Si es que vosotros no habéis pasado hambre... Mi hermana y yo allí en Madrid, para dar de comer a nuestros hermanos, fregando suelos con callos en las manos, levantándonos a las 4 de la mañana... ¡Aaaaaaaaayyyy! Por eso digo, ¡qué mal acostumbrados estáis ahora! ¡Aaaaayyy!

Y no será por veces que se ha comportado así, que aún le vienen lágrimas a los ojos. Espero siempre la misma reacción, su encogimiento de cara, la rojez en las mejillas y sus desconsolados lamentos. Yo, y puede parecer que no tengo sentimientos y no es eso, me acercaba a ella y le contestaba medio riendo, medio conteniéndome:
- Pero abuelita que eso paso hace mucho tiempo...
- ¡Aaaaaaayyy! Ahora, que yo estaba muy bien mirada. ¡Cómo me querían a mi los señoritos! Vivían en Chamberí, donde tú estás ahora y me recorría todo Madrid entero andando. Nunca me perdía y yo iba por los cines, Gran Vía, el centro,... Todo recto para abajo y llegaba donde vive mi hermana, que entonces no había puentes, estaba todo desierto. Hasta Vallecas andaba, porque claro tu tía se casó con un madrileño... ¡Qué saben mucho los de la capital! Han visto muchas cosas, así que ¡tú ten cuidado! Pero a mí no me pillaron... ¡Vaaaamos! Una morena allí, con los ojos azules y tan guapa, que yo era, con mis formas, pues los tenía así... (señal con las manos de "a montones" incluida). Me acuero del hijo de mujer de la tienda donde íbamos a comprar, ¡enamoraito lo tenía! y ¡cómo me miraban por la calle! Con que arte y brío me movía yo, que si hubiera querido, me caso con uno de buena familia, pero a ver, yo sentenciada que estaba... Ya me dijo mi abuela una vez: "tú eres mujer, para un pobre".

Tan a gusto que se queda la buena señora. Yo echo una ojeada a mi abuelo sentado a su lado, que la mira y mueve la cabeza de un lado para otro, como afirmando que no tiene solución ninguna y responde chinchándola:
- Pues, ¡podrías haberte ido con otro de esos!
Mi abuela lo mira indignada y contesta:
- ¡Eso tendría que haber hecho! ¡Pues bien guapa, que estaba yo! ¿Te he enseñado yo la foto de joven!
- Sí, abuelita...
-¡Mira! ¡Mira!
Saca mi abuelo de su monedero una foto preciosa, en blanco y negro con los filos troquelados, donde se observa a una mujer de piel blanquita, ojos inmensos, claros como el cielo, pelo negro motoso, medio recogido y con las ondulaciones de la época. Mira sin miedo a la cámara desafiante, invitándola a fotografiar su mejor pose, aquel en el que enlaza su cuerpo al lado de una silla con un brazo, mientras el otro lo apoya detrás del cuello para levantar su largo cabello.


Pipirrana de mi bisabuelo

Ingredientes (4 personas)
9 tomates pelados
3 huevos duros
2 latas de atún
1/2 pimiento verde italiano
1 ajo
1/4 de vaso de aceite de oliva virgen extra
1 pellizquito de sal
2 puñaditos de miajón o miaja de pan

Vamos a hacer toda la preparación en un mismo cuenco o bowl, por lo que cogeremos el más grande que tengamos o en el que veamos que cabe la pipirrana.
Comenzamos picando el ajo muy pequeño y machacando con un mortero bien. A éste le añadimos un huevo duro troceado y seguimos machacando, también un tomate que trocearemos sobre el huevo para que suelte todo el líquido en la mezcla y una lata de atún con su jugo. Esto se machaca bien, moviendo todo el rato y dejando que espese todo un poco, que se quede como una salsa pastosa.
A continuación, incorporamos el miajón y seguimos con el mismo procedimiento y poco a poco el aceite sin dejar de remover, para integrar por completo el aceite y que no se vea suelto en gotas por ninguna parte de la mezcla.
Cuando hayamos conseguido esto, deberá quedar una salsa de color salmón, que estará mejor si apenas tiene grumos. A ésta le vamos troceando los tomates restantes, un huevo y el pimiento verde, éste último en trocitos pequeños. Removemos bien con una cuchara los ingredientes con el majao y dejamos en el frigorífico el bowl al menos dos horas, para que coja sabor el ajo y lo demás.
Finalmente, se presenta en un plato, con el huevo cocido que nos ha quedado y el atún de la otra lata de atún.
¡Ya sólo disfrutar de este plato riquíiiiiisimo! Ahhh y a mojar todo el pan del mundo, según os aconseja mi abuela.

martes, 31 de agosto de 2010

Tarta de higos con jamón y queso de cabra



La entrada de hoy, algo especial. Empieza mi colaboración en una revista Antonia Magazine...

Conocí hace poco a una persona simpática y dicharachera, enérgica e incansable, con historias por doquier, con la cual no puedes aburrirte ni un segundo. Su cabeza va a mil por hora y no hay quien la pare como se proponga un proyecto. Ideas no le faltan y, lo mejor de todo, sabe plasmar todo lo que su cabeza piensa, salirse del molde e innovar con todo lo que inicia. Por eso, sólo tenía que aliarse con una amiga, su socia, la mejor con su estilismo, capaz de montarte un sujetador con cuatro lechugas y una guitarra con una papaya en unos minutos. Con este equipo y más colaboradores ambas montaron una de las revistas más rompedoras, la que sin duda marcará el ritmo de los nuevos tiempos para la prensa online.

Cuando me hablaron de Antonia Magazine no lo dudé ni un segundo, yo tenía que colaborar aquí. ¿Una revista online? Sí, pero no una revista al uso, sino una sin perjuicios, con propuestas dispares, que la van a hacer llegar lejos, ya lo digo yo. Ideas innovadoras, temas "des-esteorotipados" y la muy buena presentación de esta revista fue lo que me atrajo a engancharme a ella. Bueno, esto y una de sus creadoras, que irradia talento en estado puro.
Me ofrecieron participar en su proyecto y con mi mayor afición: la cocina. Aquello que me inspira y me obsequia con momentos agradables y relajantes. Me gusta ser creativa en mis recetas, cuidar el aspecto y aprender, por lo que espero que no sólo os guste la receta que preparo para este mes, sino que también os animéis a hacerla y triunfar con vuestros comensales.


Bueno y estos días como habréis podido comprobar no he tenido tiempo de pasar mucho por vuestras cocinas y blogs. Ando bastante liada con trabajo extra y muy muy importante, así que esperadme unos días y seguiré visitándoos.


sábado, 28 de agosto de 2010

Sorbete de mango




Desde hace unos días he perdido por completo la vergüenza. Nada de complejos ante momentos violentos, hasta he llegado a pensar que podía protagonizar yo solita un nuevo Diario de Bridget Jones.
Siempre he sido las que atraen las situaciones más embarazosas, las que se grita a los cuatro vientos: "¿por qué yo?". Algo me indica que no me voy a escapar si surge dicha situación y cada día más lo compruebo...

Y es que estaba paseando con unos amigos por una conocida plaza del barrio de Malasaña en Madrid. Hacía muy buen día, un solazo en pleno mayo, que invita a sentarse en alguna terracita, por lo que nosotros no íbamos a ser menos. Tapeo, comida y café final fue lo que dsifrutamos en este sitio, cuando muy animada la cosa decidimos caminar a un café cercano para terminar la tarde. Nos levantamos e iniciamos ruta, cuando veo a cuatros chicos entusiasmados con un balón enorme, o eso imaginé yo, muy poco acostumbrada a este deporte. Tal como lo divisé, comencé a andar rápido, pero mis amigos gritaban que tranquila que para qué correr. Yo me calmé y por dentro me alivié: "Anda, Gema, que mala suerte sería que te cayera a ti el balón con el montón de gente que ahí". Pero las fuerzas del otro mundo me escucharon y allí que decidieron darme en donde más me dolía: en mi vergüenza...
- ¡Bolaaaaaaaa! -gritó uno de los niños.
- ¿Bola? ¿Bola? ¿Dónde? ¡Ahhhhhh!
Un dolor intenso y un mareo sobrevenido...¿Que dónde iba a ir lista? Pues en toda tu cara, en pleno centro y con una fuerza centrífuga descomunal. Quien lanzó el balón, el mismo Ronaldo con diez años menos, que cuando vino a recoger la pelota allí le eché un mal de ojo para que no prosperara su carrera y sí siento decir esto, pero el dolor de nariz y el de cabeza que me lió su patada aún lo recuerdo. Pero, claro sí sólo hubiera sido esto. Imaginaos la situación, en mitad de una plazoleta con una terraza repleta de gente y mucha más sentada en el suelo con una cerveza bien plantada al lado. Las risas se unieron en coro, todos señalándome. Mi orgullo totalmente herido... Ante esta situación sólo había una salida: " Dientes, dientes" como buenamente dijo la Pantoja a su ex-novio y salir corriendo por patas.

Muchas así, la más reciente, hace unos días, en la que mi vergüenza quedó por los suelos. Resulta que me tocaba limpieza total de la casa. Me coloqué el vestido más fresquito que tenía mini-mini, un moño totalmente de moda de esos tan estiraos que me quitan hasta la expresión de la cara, zapatillas de casa y manos a la obra.
Comienzo a quitar cosas de en medio y me adentro en la cocina. Veo la basura, la cierro y me dispongo a sacarla al cuarto de mi planta destinado para ello. Llego a la puerta y pienso: "¿dejo la puerta abierta y corro por si se cierra o me llevo las llaves unos segundos?"
¿Qué hice? Como no soy muy sensata y me considero más veloz que un leopardo, pues preferí correr. Ahí me ves, toda dispuesta cuando en mitad de trayecto se oye un ¡Plofffff! Me paré en seco y:
- ¡Ahhhh! ¡No me lo puedo creer! ¿Y ahora?
Echo la basura y a la vuelta mi puerta cerrada a cal y canto. Me miro las pintas y pienso que el móvil, el monedero y todo está ahí dentro, porque las llaves por lista te las has dejado dentro y Carlos en la otra punta de España disfrutando en la playa. "Madre de Dios y ¿Por qué yo?"

Me vino un poco de cordura y relacioné una situación en la que tuve que pedir las llaves al portero y él me sacó unas que tenía guardas en la portería. Lo malo, mi vestimenta, ¿cómo bajar con ese vestidito y unas zapatillas de estar por casa? "Bueno llamo a mis vecinos, les explico mi situación y a ver si alguno me puede hacer el favor de bajar".
¡Qué mejor ocasión para conocer a mis vecinos que ésta!, ¿verdad? Sin embargo, llamé a casi toda la planta y ninguno apareció... Total que mi nivel de desesperación aumentó, de modo que me tragué la vergüenza y para el ascensor que me metí. Marco el 0, pero no me hace ni caso y empieza a subir. "Esto sí que es mala suerte...". Me paro en el noveno y se mete un vecino, me observa haciendo una radiografía entera de mi persona y yo como si eso fuera lo más normal del mundo. Doy por segunda vez al cero, ¡bien! comenzamos a bajar. Pero mi suplicio no podía acabar aquí, así que en el cuarto se sube una madre con una niña de rosa entera, repipi como ella sola, me mira, me señala y le comenta a su madre:
- Mamá, ¡la muñeca de mi pijama!
"¿Y se ríe? ¿Pero niña tú has visto qué guapa vas?"
¡Tomaaa! Destapada por completo y yo maldigo a algunas tiendas de ropa interior femenina por fabricar una colección entera con algún dibujito animado, que nos hacen volver a la niñez y al final vamos llevando lo mismo que cuando teníamos seis años...
Por fin llego a la portería y el encargado de ésta se encuentra enfrascado en una conversación telefónica. "Sí, ajá, el número ¿me lo puede dar? y ¿el horario? ¿Entonces dice usted...?" Tres minutos como tres infiernos, para que el hombre capte mi presencia... Su cara de asombro no me asusta ya. Le comento lo sucedido y me confirma que hay unas llaves o eso cree en el cuarto de portería. Yo rezo para que así sea...
Me da las llaves y sin más entretenimiento llamo al ascensor para desaparecer de allí, cuando escucho por detrás "¡Hola!" y veo a otro vecino del noveno. Éste el típico jovencito con tipín y seguramente con una lengua hasta los tobillos. Lo conocí hará un mes cuando me topé con él dos veces seguidas en el ascensor. Ahí dio rienda suelta a sus artes amorosas, parloteando a diestro y siniestro. A mí que ni me va ni me viene, porque tengo al mejor "don" en mi casa, pues pasé un poco, pensando que otra anécdota más. Lo que no intuía era esta situación subiendo con él hasta mi casa con mis pintas tan "bonicas" (cómo diría mi abuela) y él tan fascinado con mi indumentaria, que ni siquiera abrió la boca...

Y hoy os trago un rico sorbete. Fácil de hacer, muy bajo en grasa y delicioso, que nos ayuda a bajar una comida y para estos momentos post-vacacionales nos permite comer más sano...


Sorbete de mango
Ingredientes
1 mango madurito de unos 800 gr sin pelar
1 yogur griego azucarado
4 cucharadas de azúcar (puede sustituirse por edulcorante o echarse más si se ve necesario)

Pelamos el mango, le quitamos el hueso y lo troceamos. Lo ponemos en el vaso de la batidora y añadimos el yogur griego y el azúcar. Batimos bien y se coloca en la heladera si tenemos siguiendo las instrucciones del fabricante. Después se deja en el congelador mínimo dos horas.
Si no tuviéramos heladera, lo metemos en el congelador y sacamos a la media hora para remover bien y quitar los posibles cristales que hayan surgido. Repetimos este procedimiento cada 30 minutos durante dos horas aproximadamente, pero puede hacer falta más tiempo.

martes, 24 de agosto de 2010

Ensalada de lentejas, jamón y uvas



Como ya os he contado, para la comida siempre he sido una "tragicomedia", especialmente para los días en que en mi plato aparecía esta legumbre de la que trata la entrada de hoy, las lentejas.

En un suplicio se convertía el día en que me tenía que sentar delante de ellas. Aunque lo peor, visualizar por la noche el bowl enorme con una gran cantidad de lentejas en agua. Más grande que mi cabeza y eso bien complicado que era. Todas puestas en perfecta armonía preparadas para dar lo mejor de sí. Y yo venga a mirarlas, imaginando dentro de mí que las tiraba o que las cogía en puñados y las distribuía en vasos con algodón para formar esas bonitas plantas que me enseñaron en el colegio. Sin embargo, conocía el fin de ellas y me entraba un sudor frío... Intentaba iniciar la preparación mental para el combate de la comida del día siguiente, pero finalmente me iba a la cama bien calentita.
Al día siguiente me levantaba dándome ánimos, pensaba que aún quedaban unas cuantas horas antes de la lucha. De repente, un olor familiar me llegaba de la cocina y para constatar que no seguía soñando me asomaba al filo de la entrada a la cocina, cuando, ¡horror! los sofocones se apoderaban de mí al vislumbrar una olla exprés que entonaba jocosamente el canturreo de un tren en miniatura. Más blanca que la pared me quedaba y con los nervios a flor de piel, deseando únicamente que no llegara el momento del sacrificio, pero la maldición había sido echada y el tiempo se confabulaba contra mí, por lo que unas horas parecían segundo y los gritos de mi madre para que apareciera por la cocina para comer se hacían presentes, reales.
- ¡Gema! ¡A comer!
Pero yo oídos sordos, jugando al escondite con mi hermana...
- ¡Geeeeemaaa! ¡Geeeemaaa!
Y seguía ignorando la llamada. Pero mi hermana me delataba, el olor le había llegado entre las puertas del armario desde hacía mucho tiempo y jugaba porque no le quedaba más remedio, que por ella había ido a desayunar lentejas. De modo que ante el primer grito madrero, la niña abandonaba su escondite y salía pitando, a lo "correcaminos", dirección a su plato de comida. Yo remoloneaba, hasta que ya no soportaba más ese soniquete agudo en mis oídos.
En el tiempo que tardaba en llegar, mi hermana había casi vaciado su plato. Yo, que ya no me extrañaba ante este espectáculo de rapidez. la observaba confirmando mis teorías de que hermana mía no era, había venido de una adopción seguro... Porque, vamos a ver, poniéndonos un poco en situación, ¿a quién le puede atraer un plato aguado marrón, con unas patatas flotando? El chorizo se salva... Pero, mucho peor, ¿quién va a considerar apetecible unas lentejas pasadas por la batidora? ¡Yo, no!
Sí, sí, porque un día a mi querida madre, se le ocurrió que para que me comiera mejor, un buen invento podía ser apachurrar todo y formar un puré. La primera vez que me colocó eso delante, me asusté un poco: "¡Cucha tú que volvemos a las papillas!" Escalofríos me entraron esa vez, ahora mi madre se encargó de recalcar, que no, que eso era comida de niños grandes, ante lo cual no me quedó más remedio que asentir y seguirle el juego, para no perder la dignidad ante mi hermana de seis años menos, que llevaba "probando" este tipo de comida desde antes de su año de edad.

Ahora, la cosa se ponía mucho más fea, cuando me quedaba a comer en el comedor del colegio. Yo era la típica, aquella niña que no comía, que perdía las horas muertas delante del plato hasta que llegaba la hora de la vuelta a las clase. Eso, cuando no echaba todo lo que llevaba dentro, que solía ocurrir el día que de primero ponían lentejas. Yo veía que la profesora iba muy poco cuidadosa metiéndome cucharadas en la boca sin prestar atención a mi cara de angustia, mal, muy mal,... Mira que la avisaba con la mano para que bajara el ritmo, pero ella ensimismada en sus pensamiento y hartica de mí, cuando ¡buahhh! ¡Adiós baby limpio y mirada de horror de la "seño"! Me agarraba cuan niña del exorcista y me limpiaba a malas, que si hubiera podido hasta serrín me echaba, cuando me oía decir: "Si yo la he avisado seño".
A mí, quien realmente me asustaba era mi abuela. Me recogía de la parada de autobús y si me veía aparecer con otra bolsa bien cerrada no se extrañaba, como si lo hubiera adivinado antes de que llegara, pues ya me tenía una buena merendola a pesar de mis pocas ganas de seguir ingiriendo alimentos.

Sin embargo, éste suplicio me ha acompañado hasta los últimos años, incluso en los días de celebración. Mi madre, algo supersticiosa ella, planta este plato el último día del año, "porque hay que entrar con buen pie", afirma. Y yo, que no paro de decir que no tiene ningún fundamento su afirmación, que fue uno que le encantaban las lentejas y lanzó eso para comer otro vez más, que entonces tendríamos que ir pisando excrementos, diciéndolo finamente, para tener buena suerte. Ella ni mu, por lo que mi último recurso, un refrán muy popular: "lentejas, si quieres las comes y si no las dejas", no paro de repetírselo año tras año, a lo que o no me contesta o sin apenas darle mucha importancia suelta: "Tú te las comes" con la superioridad propia de quien tiene la sartén por el mango, claro. Hubo un año, que me dejó no probarlas, creo recordar que fue en mi época de rebeldía adolescente. Harta ya de mí y para comprobar hasta qué punto esa superstición es cierta, decidió ponerme otro plato y yo felizmente que comí, pero como siempre que la contradigo, todas sus funestas premoniciones se hacen realidad, ese año no fue demasiado bueno y yo desde entonces no falto a mi cita con las susodichas ese día.
Hoy, el encargado de colocarme las lentejas delante de los ojos es Carlos. Otro "rarito" que disfrutaba con las lentejas de pequeño. Menudo dolor le entró en el cuerpo, cuando se enteró que ahora era cuando empezaba a tomar legumbre. Pero él intenta conquistarme con su potaje. Con ellas demuestra su arte con los fogones y con su choricillo picante le da su toque. Con sólo ver con el primor que prepara una de sus comidas preferidas, las trago saboreando y disfrutando, ante lo cual yo misma me asombro, ¿será el amor con el que las hace o seré yo la enamorada?


Ahora la receta, con la que he descubierto que me gustan más aún las lentejas fresquitas, con ingredientes diferentes y otros sabores adicionales. Por ello, os dejo un contraste de sabor riquísimo y muy original:

Ensalada de lentejas, jamón y uvas
Ingredientes para 2 personas:
200 gr de lentejas cocidas
160 gr de champiñones fileteados en conserva
160 gr de cebolla pochada (yo la compro en conserva del Mercadona que está muy buena)
125 gr de queso fresco
20 tomates cherry
3 lonchas de jamón serrano
20 uvas grandes "red globe" lavadas y sin pepitas

Para aliñar:
Un chorreón de vinagre de Módena (3 cucharadas)
Otro chorreoncillo Aceite de oliva Virgen Extra (como 3 cucharadas)
Sal
Ajo en polvo
Orégano


Colocamos en un bowl las lentejas previamente escurridas en agua fría y le añadimos los champiñones fileteados. Cortamos los tomates cherry por la mitad y el queso fresco en dados. También el jamón en trocitos pequeños y por último las uvas por la mitad.
Se mezcla todo menos las uvas, que se reservan para la decoración. Aliñamos con el vinagre, el aceite, la sal e incorporamos el ajo en polvo y el orégano. Removemos todo bien y se emplata con las lentejas en medio del plato y las uvas formando una corona alrededor. ¡A comeeeer!

jueves, 19 de agosto de 2010

Gelatina de natillas y cerezas




Mi madre es un caso y bueno lo de mis padres, en general, y lo de sus amigos de la playa, también. Todos son vecinos y ya me gustaría a mí meterme en la “cabecica” de más de uno de ellos, porque vosotros me diréis qué he de pensar de lo que os cuento a continuación.

Una tarde de verano, justo cuando el sol se ha ido y se está más a gusto en tierras playeras, observo una mujer a lo lejos, cerca de la orilla, en el sitio donde mis padres parecen haber colocado una señal con su nombre. Me fijo bien, pero nada, mis dioptrías han crecido desorbitadamente, cuando intuyo la figura de una persona con un sombrero blanco estilo cow-boy, haciendo señales de socorro; primero brazo a un lado, luego al otro y ajetreo descontrolado… De fondo se oye a mis amigos: “Gema, es tu madre y viene para aquí”. Y yo pienso: ¡Ya estamos! ¡Ea, qué otra vez quiere ella cotillear qué andamos haciendo…!” Sí, porque su condición es ésa, no os penséis que viene a preguntarme qué tal todo, o cómo he comido en el chiringuito que me recomendó, ¡no! Ella viene a fichar al chico nuevo con el que me ha visto jugando a las palas, aunque por el camino hacia mí tenga que correr una maratón para no quemarse la planta de los pies… En fin que al final me tengo que levantar de la toalla y salir pitando hacia donde se encuentra “la mamma”.
-¡Mamá! ¿Ónde vas?
- Gema, ¿tú sabes lo que es el taperses?
Me quedo paralizada, pensando que entre los mayores se han llevado algun vinito, pero ante mi cara ella prosigue.
No, los tuppers de comida. Eso no, que ya tu tía y yo hemos pensado en que otra vez comprar cacerolas, no, que ya tenemos un ajuar y a ver ahora cómo las guardamos. Y, resulta que, eso no es. Así se estaban riendo todas con nosotras...
- Mamá que sí que sé lo que es.
-¿Síiii? ¡¿Pero y tú cómo sabes eso¡? Gema, que no es lo de la comida…

Y ahora ella me mira paralizada. ¡Pobre madre!, que su hija conoce de esos temas prohibidos, que tantos años de educación religiosa… Pero como es una mujer abierta a los nuevos tiempos, olvida por un instante su sorpresa para incidir en el asunto, por el que ha corrido los 100 metros lisos.
- Bueno, ¿pues es que una amiga de…, que conoce a … y nos van a dar una sesión de tuppersex.
¡Toma! Ahí lanza la bomba… ¿Qué, qué? Pero ahora sí que se me ha caído a mí el mundo de estereotipos encima. Pero, vamos a ver, ¿no se supone que los padres dan ejemplo y que nosotros sus hijos, los que vamos innovando por la vida? ¡No!, en mi caso, claro… Imaginaos mi incomprensión por unos instantes: mi madre que seguro que no conoce ningún aparatito de esos y ¡quiere ir a una cita!
- Mamá no me entero… ¿Tú sabes qué es?
- Sí que ya nos lo han explicado. Ahora, a tu hermana y prima, ni pío, no se vayan a enterar y, encima quieran aparecer también.
Sí, sí esto complicaría más aún todo. Privilegios de ser mayor, hermana, que los secretos más íntimos te los cuentan y la verdad es que esos preferiría habérmelos saltado…

Total, que ante las palabras de mi madre, decidí comprobar todo. Llego a la reunión de amigas confabuladoras y efectivamente me confirman el panorama al que piensan enfrentrarse en unos días. Mi cara de satisfacción fue digna de ser fotografiada, pues una vez pasado el momento de reestructuración de mi mente, yo estaba encantada de unirme al grupo de mis vecinas experimentadoras, incluidas una madre y una tía, no se nos vaya a olvidar.
Ellas más que encantadas y chinchando a mí madre con el: “¡Y tú qué pensabas que ella no conocía que era! ¡Anda!”. Yo, por mi parte pensando: “Pero si soy yo, quien debo saber del asunto, ¿no? ¿Dónde me he perdido?”
Una vez metida en el lío, decidí avisar a mis amigas, con todos los riesgos de que se enteraran de la familia tan atrevida que tengo… Ellas, por supuesto, se animaron y el día indicado nos juntamos todas. Mientras los respectivos padres y amigos tomaron posiciones dispares: unos sólo querían cotillear y otros no se tomaron demasiado bien la noticia… Los primeros, los de temer, ya sólo faltaba que aparecieran por allí con una cámara y fotografiaran el momentazo.
La profesora en los temas de aparatos sexuales nos fue mostrando todo su maletín de herramientas, a cuál más peculiar y las mirada desorbitada de mi madre…
- Y esto ¿para qué sirve? ¡Ooooooyyyy! ¡Cúcha tú! ¡Qué variedad!- suelta mi señora madre
- ¡Bueno, pues tú imagínate, el otro con eso puesto!- añade una de sus amigas.

Y yo por dentro: "¡No!, ¡no! ¡Mejor, no!". Sigo en mi ensimismamiento y mis amigas también, dando la casualidad, de que somos nosotras las que menos estamos armando follón. Mi madre, mi tía y amigas, unas colegialas adolescentes en su primera clase de reproducción…: ¡Uy! ¡Mira! ¿Y esto para qué es? ¡Jajajajaja! ¡Anda!, ¡Cuha tú cómo se mueve! ¡Pues yo quiero un delfín de éstos! ¿Y cuánto dices qué cuesta?, etc, etc, etc,...

Pero lo mejor de todo fue el momento de la compra de productos. En mi mente llevaba trajinando mi decisión desde el primer momento y ya sólo estaba entre dos cosas, lo normal en mí. Ahora, una demasiado escandalosa para estar rodeada de madre, tía y amigas y la otra no sé si algo atrevida... Total, que espero a ser la última, cuando la profesora del tema me indica que es mi turno y...

Mi madre echa sus ojos en mí y yo consciente de su tensión comienzo a contagiarme y pienso: "Ya no es sólo que lo que compre me va a delatar, sino que encima la imaginación da mucho juego". Así que algo facilito, de rápida decisión y que no pueda detectarse como muy estrafalario. Así, digo,
- Esto...
Y directamente mi progenitora coloca su vista sobre el objeto. Lo ojea y hace un gesto aprobatorio. "Pufff, ¡ya está! y ahora le toca a ella".
Echa un vistazo, luego otro y se gira hacia mí. No se decide, mis ojos delatan su"mismitico" pensamiento segundos antes. En tensión que se encuentra y yo con mi mirada de medio sorpresa, medio desaprobación. Menos mal que en ese momento entró mi vecino con una cámara de fotos, interrumpiendo nuestra tensión para grabar el momentazo de por vida...

La receta que os dejo hoy es una fantástica gelatina de dos sabores, la cual podéis variar al gusto, tanto en ingredientes de fruta, como según os guste más de sabor dulce, añadiendo más leche condensada o menos... Además, queda de bonita presentada...
Con esta gelatina quiero participar en el HEMC 47 que este mes trata sobre este tipo de comida precisamente y lo lleva Eva de El fogón de Eva. Espero que os guste.


Gelatina de natillas y cerezas
Para la gelatina de natillas
Ingredientes
100 ml de nata líquida
1 vaso de cerezas
1 yogur de cerezas
1 yogur de fresa
8 cucharadas de leche condensada (pero puede ir cómo os guste)
6 hojas de gelatina neutra

Para la gelatina de natillas
100 ml de nata líquida
1 natilla danone o de otra marca
1 cucharadita de esencia de vainilla
Galletas Digestive
6 cucharadas de leche condensada
3 hojas de gelatina neutra

Preparamos primero el molde donde colocaremos la gelatina. Para ello, la rociamos con aceite de girasol y con un pincel pintamos todo éste para que quede una fina capa. Llevamos al frigorífico para después.
A continuación deshuesamos las cerezas y las batimos junto a la nata los yogures y la leche condensada. Una vez que tengamos toda la mezcla, dejamos a remojo en agua fría 3 hojas de gelatina durante cuatro minutos. La escurrimos y calentamos con un poco de agua en el micro durante 30 segundos. Sacamos la gelatina del microondas, removemos para que se disuelva por completo y se echa en la mitad de la mezcla anterior batiendo continuamente.
Por último se echa esta mitad sobre el molde preparado y se mete en el frigorífico durante 30 minutos aproximadamente o hasta que haya cuajado casi por completo.

Para la gelatina de natillas, mezclamos la natilla con la nata, la leche condensada y la esencia de vainilla con la batidora hasta que no queden grumos. En segundo lugar se incorpora la gelatina como se ha explicado anteriormente.
A continuación, sacamos el molde del frigoríficos y en la gelatina hacemos unos cortes no profundos, sino como arañazos. Se añaden tres o cuatro galletas digestive y se vuelca la mezcla de natillas. Se vuelve a meter en el frigorífico durante 30 minutos apróximadamente.
Por último, cogemos la mitad de la mezcla de cerezas que habíamos reservado y se le añade las 3 hojas de gelatina restantes como se ha expuesto. Ésta se echa sobre la gelatina de natillas a la que también habremos hecho unos pequeños incisos. Finalmente se deja en el frigorífico hasta que cuaje todo (mínimo cuatro horas)
Para desmoldar, echamos agua muy caliente en un bowl grande o en el mismo fregadero y se pone encima el molde con la gelatina. En dos minutos o cuatro máxime, sacamos el molde del agua y lo volcamos sobre un plato o donde queramos dejar el postre. Es importante guardar el número de minutos, porque si no la gelatina se derretirá. Yo suelo esperar hasta que los bordes de la gelatina se despegan del molde, pero muchas veces se me ha estropeado más de lo debido la gelatina.

¡A disfrutar!
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