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sábado, 2 de octubre de 2010

Paella mixta de mi casa

5 meses con vosotros y 178 seguidores. ¡¡¡¡Muchas gracias!!!!

Los domingos en Jaén se bajaba a la casa del campo para comer arroz, o lo que comúnmente se denomina paella. Una ocasión especial para el despliegue masivo de comida, pues si no fuera suficiente con un buen plato de paella, sobre la una de la tarde comenzaba el momento tapeo y delante de ti todos los miembros de la familia se organizaban para plantar en la mesa mejillones en escabeche, ensaladilla rusa, lomo, morcilla, queso, patatas fritas, etc, etc, etc,... A mí estos manjares tan suculentos me parecían la bomba, así que entre picoteo y picoteo me ponía finísima.
De modo que aunque lloviese, tronase o nevara allí estaba la familia entera reunida para la ocasión. Yo los veía desde la distancia, un poco solitaria porque ni mi prima y mi hermana podían seguirme el juego con cinco y seis años menos. Me colocaba en mi silla de plástico y observaba el comportamiento humano de la generosidad:
- Niño prueba esto.
- Fernando coge lomo que es ibérico.
- Pedro ¿has probado la ensaladilla?
Miles de cubiertos voladores alrededor de mi cabeza, ellos tenían su tenedor propio con el que iban pinchando en los platos, pero claro luego estaba la tradición propia de mi familia y es que no es que debas probar el tenedor de la otra persona con el alimento que te prepara, sino que es tú obligación coger su tenedor y tragar su contenido, si no, como mosca cojonera, ahí estará hasta que le hagas caso.
Bueno si hay invitado, aumentamos las complicaciones. Da igual que digas esto de: "No, Luisa, de verdad, que no me gusta", porque mi abuela te engancha y se queda a tu lado con el tenedor dirección tu cara y arremete con: "¡Pero si está muy bueno! Además, ¿tú lo has probado? ¡Toma un poco!" y a la boca directo, que se le queda una cara de tonto a esa persona... Mastica y saborea como puede, mientras de fondo: "¿Veeeeess? ¿A qué está bueno? Si es que hay que probar las cosas, que estas huevas son lo mejor del mundo!" Después de haber conseguido su objetivo, mi abuela podría quedarse satisfecha pero no, ella es de naturaleza pesada en el tema de la comida y ya ha fichado una figura con la que practicar durante lo que quede de día: "Prueba ahora esto o ¿has cogido lomo? Anda toma que te va a pasar lo mismo que con las huevas..." Yo miro a esa persona y desesperanzada vuelve a abrir la boca: "Ahiiií, ¿ves qué rico está?"

Pero encima, si ese invitado no come o resulta ser un poco exquisito en sus gustos, allí ves a toda la familia observando sus movimientos. Como se digne a no probar un plato,... bueno heridísimo el orgullo de la persona que lo ha preparado, por lo que es en ese instante cuando presenciamos la persecución del cazador a su presa. Lo persigue alrededor de la mesa, le clava los ojos e intenta buscar el momento más oportuno para acercarse a él y cazarle. Lo arrincona con el plato en los hocicos y toma cucharada va y cucharada viene: "¿Te gusta eh? Pues venga toma más, y ahora el último tenedor. ¡Ayyy si es que hay que probar las cosas!"
El momentazo viene con la llegada de la paella, todos con la barriga hinchada para empezar a comer el manjar diez... Observo las caras ante los platones que mi abuela se ha dignado a colocarles delante y comienza el soniquete de: "Esto es mucho Luisa, yo no voy a poder con todo". A lo que ella responde: "¡Tú come y calla!, que está muy bueno". Imposible no hacerle caso, ya os lo digo yo...

Y ahora os dejo con la entrada que publiqué para mi colaboración mensual en el Antonia Magazine, que claro como no podía ser menos es la "Paella mixta de mi casa". Para quienes no conozcáis la revista os recomiendo que visitéis su página porque pasaréis un rato increíble con esta revista online.

Que la paella es nuestro plato más conocido internacionalmente no es ningún secreto y que en cada casa la de su madre es la mejor, tampoco; ahora, seguro, seguro, seguro que aún hay muchos que no se han animado a prepararla, ya sea por falta de tiempo, de ingredientes o, incluso, por miedo al desastre total y rotundo. Por esto yo os traigo la que se hace en mi casa, bien explicada y con algún que otro consejito, para superar estos inconvenientes y que no haya ninguna excusa, porque, ya os digo yo que cualquiera puede preparar un plato tan rico y nutritivo fácilmente.

Primero los consejos:
  • Los ingredientes que debes utilizar son tantos como tú desees. En el caso de esta paella mixta, habrá que incluir verduras, carne y pescado. Yo os recomiendo que las verduras sean las mismas que os pongo en la receta, pero si luego queréis poner más tipo alcachofas, champiñones, etc,... podéis hacerlo y todos los que queráis. En cuanto a la carne os pongo tres tipos, pero si queréis añadir otros como ternera, perfecto y para el pescado lo mismo, pues si escogéis gambas, almejas o cualquier otro marisco, esto enriquecerá más la paella.
  • El tiempo de preparación puede realizarse en dos veces, es decir, por la noche puedes dejar todo hecho y al día siguiente sólo te queda añadir el arroz y dejar que se haga y comer la paella recién hecha. Además con este truco, los ingredientes toman más sabor.
  • Por último, mi madre dice que sale mejor sin esmerarse mucho... En fin ¿será este toque por el que a mí no me sale igual?

Paella mixta de mi casa
Ingredientes (6 personas)
* 1/4 y 1/2 kg de magro de cerdo y costillas troceadas de cerdo ibérico
* 1/2 pollo troceado
* 6 gambones (o cigalas, langostinos, a vuestro gusto)
* 1/4 kg de choco
* 4 tomates rallados
* 2 pimientos verdes
* 1 pimiento rojo pequeño
* 1/4 de cebolla pequeña
* 12 puñaditos de arroz (2 por persona)
* 1/2 cabeza de ajos
* 1 vaso y 1/2 de vino blanco
* 1 pastilla y 1/2 de avecrem
* Azafrán en rama (un poquito)
* 2 hojas de laurel
* Agua
* Perejil al gusto
* Sal

Sofreímos en una paellera para 6 personas o cazuela de barro grande la carne con un poco de aceite y el laurel, le damos una vuelta y se le añade el choco. Éste último se hace sólo un poco y a continuación se agrega la cebolla bien picada y dos ajos troceados, también los pimientos cortados en cuadraditos.
Cuando veamos que se ha pochado unos minutos, echamos los tomates rallados. Mientras se sofríe bien el tomate, preparamos un majado con los ajos que nos quedan que machacamos con el perejil, y después junto al avecrem, y el azafrán. Una vez tengamos este majado bien integrado se vuelca el vino sobre él y se remueve para mezclar.
El majado lo añadimos a la carne y se deja cocer a fuego medio alto durante cinco minutos, para que se evapore el alcohol del vino. Pasado este tiempo se añade el agua, que suelo calcular según la paellera, es decir, si la paellera es para 6 personas echo agua hasta llenarla entera menos medio dedo como límite para que no se salga el agua al hervir. Removemos todo y se deja cocer a fuego medio alto durante media hora.
Transcurrida la media hora sólo nos queda por incorporar el arroz y los gambones. El arroz para calcularlo, suelo poner dos puñaditos por persona y lo dejo cocer a fuego medio durante un cuarto de hora más o menos sin remover nada más que al principio, aunque se queme un poco. Los gambones se incluyen en la paella cuando está cociendo el arroz para que de su sabor.

martes, 24 de agosto de 2010

Ensalada de lentejas, jamón y uvas



Como ya os he contado, para la comida siempre he sido una "tragicomedia", especialmente para los días en que en mi plato aparecía esta legumbre de la que trata la entrada de hoy, las lentejas.

En un suplicio se convertía el día en que me tenía que sentar delante de ellas. Aunque lo peor, visualizar por la noche el bowl enorme con una gran cantidad de lentejas en agua. Más grande que mi cabeza y eso bien complicado que era. Todas puestas en perfecta armonía preparadas para dar lo mejor de sí. Y yo venga a mirarlas, imaginando dentro de mí que las tiraba o que las cogía en puñados y las distribuía en vasos con algodón para formar esas bonitas plantas que me enseñaron en el colegio. Sin embargo, conocía el fin de ellas y me entraba un sudor frío... Intentaba iniciar la preparación mental para el combate de la comida del día siguiente, pero finalmente me iba a la cama bien calentita.
Al día siguiente me levantaba dándome ánimos, pensaba que aún quedaban unas cuantas horas antes de la lucha. De repente, un olor familiar me llegaba de la cocina y para constatar que no seguía soñando me asomaba al filo de la entrada a la cocina, cuando, ¡horror! los sofocones se apoderaban de mí al vislumbrar una olla exprés que entonaba jocosamente el canturreo de un tren en miniatura. Más blanca que la pared me quedaba y con los nervios a flor de piel, deseando únicamente que no llegara el momento del sacrificio, pero la maldición había sido echada y el tiempo se confabulaba contra mí, por lo que unas horas parecían segundo y los gritos de mi madre para que apareciera por la cocina para comer se hacían presentes, reales.
- ¡Gema! ¡A comer!
Pero yo oídos sordos, jugando al escondite con mi hermana...
- ¡Geeeeemaaa! ¡Geeeemaaa!
Y seguía ignorando la llamada. Pero mi hermana me delataba, el olor le había llegado entre las puertas del armario desde hacía mucho tiempo y jugaba porque no le quedaba más remedio, que por ella había ido a desayunar lentejas. De modo que ante el primer grito madrero, la niña abandonaba su escondite y salía pitando, a lo "correcaminos", dirección a su plato de comida. Yo remoloneaba, hasta que ya no soportaba más ese soniquete agudo en mis oídos.
En el tiempo que tardaba en llegar, mi hermana había casi vaciado su plato. Yo, que ya no me extrañaba ante este espectáculo de rapidez. la observaba confirmando mis teorías de que hermana mía no era, había venido de una adopción seguro... Porque, vamos a ver, poniéndonos un poco en situación, ¿a quién le puede atraer un plato aguado marrón, con unas patatas flotando? El chorizo se salva... Pero, mucho peor, ¿quién va a considerar apetecible unas lentejas pasadas por la batidora? ¡Yo, no!
Sí, sí, porque un día a mi querida madre, se le ocurrió que para que me comiera mejor, un buen invento podía ser apachurrar todo y formar un puré. La primera vez que me colocó eso delante, me asusté un poco: "¡Cucha tú que volvemos a las papillas!" Escalofríos me entraron esa vez, ahora mi madre se encargó de recalcar, que no, que eso era comida de niños grandes, ante lo cual no me quedó más remedio que asentir y seguirle el juego, para no perder la dignidad ante mi hermana de seis años menos, que llevaba "probando" este tipo de comida desde antes de su año de edad.

Ahora, la cosa se ponía mucho más fea, cuando me quedaba a comer en el comedor del colegio. Yo era la típica, aquella niña que no comía, que perdía las horas muertas delante del plato hasta que llegaba la hora de la vuelta a las clase. Eso, cuando no echaba todo lo que llevaba dentro, que solía ocurrir el día que de primero ponían lentejas. Yo veía que la profesora iba muy poco cuidadosa metiéndome cucharadas en la boca sin prestar atención a mi cara de angustia, mal, muy mal,... Mira que la avisaba con la mano para que bajara el ritmo, pero ella ensimismada en sus pensamiento y hartica de mí, cuando ¡buahhh! ¡Adiós baby limpio y mirada de horror de la "seño"! Me agarraba cuan niña del exorcista y me limpiaba a malas, que si hubiera podido hasta serrín me echaba, cuando me oía decir: "Si yo la he avisado seño".
A mí, quien realmente me asustaba era mi abuela. Me recogía de la parada de autobús y si me veía aparecer con otra bolsa bien cerrada no se extrañaba, como si lo hubiera adivinado antes de que llegara, pues ya me tenía una buena merendola a pesar de mis pocas ganas de seguir ingiriendo alimentos.

Sin embargo, éste suplicio me ha acompañado hasta los últimos años, incluso en los días de celebración. Mi madre, algo supersticiosa ella, planta este plato el último día del año, "porque hay que entrar con buen pie", afirma. Y yo, que no paro de decir que no tiene ningún fundamento su afirmación, que fue uno que le encantaban las lentejas y lanzó eso para comer otro vez más, que entonces tendríamos que ir pisando excrementos, diciéndolo finamente, para tener buena suerte. Ella ni mu, por lo que mi último recurso, un refrán muy popular: "lentejas, si quieres las comes y si no las dejas", no paro de repetírselo año tras año, a lo que o no me contesta o sin apenas darle mucha importancia suelta: "Tú te las comes" con la superioridad propia de quien tiene la sartén por el mango, claro. Hubo un año, que me dejó no probarlas, creo recordar que fue en mi época de rebeldía adolescente. Harta ya de mí y para comprobar hasta qué punto esa superstición es cierta, decidió ponerme otro plato y yo felizmente que comí, pero como siempre que la contradigo, todas sus funestas premoniciones se hacen realidad, ese año no fue demasiado bueno y yo desde entonces no falto a mi cita con las susodichas ese día.
Hoy, el encargado de colocarme las lentejas delante de los ojos es Carlos. Otro "rarito" que disfrutaba con las lentejas de pequeño. Menudo dolor le entró en el cuerpo, cuando se enteró que ahora era cuando empezaba a tomar legumbre. Pero él intenta conquistarme con su potaje. Con ellas demuestra su arte con los fogones y con su choricillo picante le da su toque. Con sólo ver con el primor que prepara una de sus comidas preferidas, las trago saboreando y disfrutando, ante lo cual yo misma me asombro, ¿será el amor con el que las hace o seré yo la enamorada?


Ahora la receta, con la que he descubierto que me gustan más aún las lentejas fresquitas, con ingredientes diferentes y otros sabores adicionales. Por ello, os dejo un contraste de sabor riquísimo y muy original:

Ensalada de lentejas, jamón y uvas
Ingredientes para 2 personas:
200 gr de lentejas cocidas
160 gr de champiñones fileteados en conserva
160 gr de cebolla pochada (yo la compro en conserva del Mercadona que está muy buena)
125 gr de queso fresco
20 tomates cherry
3 lonchas de jamón serrano
20 uvas grandes "red globe" lavadas y sin pepitas

Para aliñar:
Un chorreón de vinagre de Módena (3 cucharadas)
Otro chorreoncillo Aceite de oliva Virgen Extra (como 3 cucharadas)
Sal
Ajo en polvo
Orégano


Colocamos en un bowl las lentejas previamente escurridas en agua fría y le añadimos los champiñones fileteados. Cortamos los tomates cherry por la mitad y el queso fresco en dados. También el jamón en trocitos pequeños y por último las uvas por la mitad.
Se mezcla todo menos las uvas, que se reservan para la decoración. Aliñamos con el vinagre, el aceite, la sal e incorporamos el ajo en polvo y el orégano. Removemos todo bien y se emplata con las lentejas en medio del plato y las uvas formando una corona alrededor. ¡A comeeeer!

lunes, 21 de junio de 2010

Risotto de verduras al Martini Rosso



Whole kitchen en su Propuesta Salada para el mes de junio nos invita a preparar todo un clásico de la comida tradicional italiana, un Risotto de verduras.

Con esta receta el Círculo Whole Kitchen estrena sus propuestas de recetas, en esta ocasión la salada. En un principio cuando vi que se trataba de risotto me asusté un poco, pues ojo al dato con lo que os cuento:


Aquella persona que se adentra en el "calor de los fogones" sin haber hurgado anteriormente en la ciencia de la cocina puede convertirse en un perfecto enemigo. Sí, sí, algo exagerada soy, ¿será mi origen andaluz? El caso es que mi primer contacto con la cocina demuestra exactamente esto que estoy afirmando con tanta rotundidad

Estaba yo un día, viendo el programa de Karlos Arguiñano, tendría 21 años, porque este año me involucré en el mundo de la cocina, vamos que dejé el nido del Colegio Mayor en Pamplona y me trasladé a piso... Dicho día el amigo se encontraba cocinando un arroz con verduras al curry; una exquisitez para mi paladar, si se conoce que ambos ingredientes me resultan especialmente atractivos. Durante la emisión del programa tuve la feliz idea de poner en práctica los conocimientos adquiridos. Había quedado para comer al día siguiente con una amiga para enseñarle mi piso de independencia, así que qué mejor excusa. Dispuesta y veloz como una bala cogí la lista de ingredientes, agarré el bolso y las llaves y para el supermercado que me fui.

Por la noche a la vuelta de la universidad, la escena era digna de ser fotografiada. Yo puesta delante de los fogones con un delantal de vestido de sevillanas rojo con lunares negros, un moño en todo lo alto de la cabeza, sujetando el cuchillo más grande que había en mi casa y llorando como alma en pena. "¡Por dios! ¡Cómo pica esta condenada cebolla! ¡Joe qué no veo! ¡Ay, que me voy a cortar con el dichoso cuchillo!" Vamos, un martirio, o peor aún, la Martirio en persona, tan sólo me faltaba la peineta y las gafas de sol.
Cuando terminé de llorar, mi autoestima fue creciendo. "Corta verduras, sazona, ahora mueve todo que no se pegue, ¿ves? ¡Esto está chupado! Venga vamos a ponernos musiquilla para animar el ambiente". Y ahí pasé del llanto a marcarme unas soleas, desde luego la vestimenta que llevaba era la más adecuada. Gritito 'pal', cara de sentimiento, taconazo y ¡oléeee qué vuelta! "Anda, pero si yo estaba cocinando...".

El momento clave llegó con el curry. "Arguiñano ha echado dos cucharaditas de curry, pero este hombre yo pa mí que se ve muy tradicional y tiene pinta que no le echa mucho condimento por si no gusta. Yo voy a echar más aquí que a mí esto sí que me gusta"... ¡Pufff! ¿Para qué me voy a quedar corta? Ahí estaba venga a echar cucharaditas, que si una por mamá, que si otra por papá... Ya no me acuerdo cuántas decidí que eran las justas, pero sí confirmo que más de cinco. ¡Alaa exagerada!
Hasta aquí bien. Ahora entramos en terreno farragoso. En mi cabeza tenía una idea clara: a ciertas tazas de arroz, le corresponden otras tantas de agua para que al consumirse nos quede un arroz perfecto, ni duro, ni pasado. No obstante, esto es teoría y la práctica transcurrió del siguiente modo. Vuelco las tazas de arroz y luego el agua, dejo que se consuma a fuego lento y cuando el tiempo que mi profe dijo en su programa ha pasado, veo que mi arroz está más que tieso, tiesísimo. "¿Ahora qué hago? Será que le falta agua. Vamos a echarle entonces otras dos tazas más y que se consuma". ¡Alaa exagerada!
Lo que me quedó no era arroz, si no una pasta, todo apiñada, peguntosa, anaranjada y ... ¿para qué voy a seguir? Yo en lo más hondo de mi ser reconocí que esto no podía estar comestible, pero a las horas que eran de la noche y con la invitada al día siguiente, ya no había solución disponible.

Al día siguiente mi amiga entró en mi piso de independencia elogiando cada rincón, admirando la decoración tan esmerada y los póster de las paredes tan bien seleccionados. Se sentó en la mesa y dando las gracias por la invitación a la comida, probó el primer bocado. ¡Madre mía que cara de desconsuelo o de amargura! Me miró para ver si yo había hincado el diente y yo por acompañarla en su dolor me animé a probar mi obra de arte culinaria. "¡Puuaagg! ¡Qué asco! ¿qué me gusta el curry? ¡Esto está peor que un mataratas! Le devuelvo la mirada y para mi asombro, ahí que va otra vez a por otra cucharada. "¡Alma de dios, no sigas! ¡Que yo sé que tienes hambre, pero esto...! Y yo si no ¿cómo voy a negar lo que yo misma he hecho con tanta ilusión?" Pobrecilla, se comió todo el plato, yo temblaba por si le daba por rebañar. Yo también, por supuesto...

Semanas posteriores a la comida, mi amiga parecía haberse esfumado. No me la encontré por ninguna parte, ni siquiera en la cafetería de la facultad donde solíamos coincidir entre clase y clase alguna que otra vez. Le escribí varios mensajes, sin embargo no obtuve respuesta. De repente, al cabo de un mes, me la encontré de camino a la facultad, la llamo y súbitamente empieza a acelerar el paso, yo hago lo mismo, pensando que no me ha escuchado y vuelvo a llamarla. Se para, se da media vuelta y me saluda. Le pregunté si le había ocurrido algo, que había estado preocupada y ella sin más, me dice que ha estado muy agobiada y que no ha tenido tiempo. Claro aquí, a mí ya algo me huele mal y como, una mala cocinera puede ser, pero tonta no, así que hago la invitación fatal:
- Oye, cuando quieras vente a casa y nos tomamos algo o te vienes a comer.
Su cara se desencajó por completo, cerró los puños y me soltó.
- Gema, mira perdona. La verdad es que me daba cosa decírtelo pero tu arroz del otro día estaba para matar a un perro. Yo voy a tu casa o nos tomamos o comemos lo que quieras fuera, pero comer lo que tú cocines... Primero pruebo y si me gusta, sigo.
¡Jajaja! ¡Pobre lo que le costó soltarlo!

A raíz de esta anecdotilla, muy pocas veces me he animado a hacer arroz. Ahora, era diferente la apuesta de este "Risotto de verduras al Martini Rosso".

Pero antes de empezar la receta debo agradecer otro premio. Fimère con su blog Aux délices des gourmets me ha otorgado este premio del Círculo de la amistad. Si no la conocéis visitadla, pues sus recetas son deliciosas, espectaculares, pero sobre todo destacó su profesionalidad y delicadeza con todo lo que hace. Es la perfecta anfitriona, que siempre tiene una palabra de amabilidad para todos. Muchas gracias Fimère, me llena de ilusión recibir este premio de ti.


Risotto de verduras al Martini Rosso (para 6 personas)
400 gr de arroz bomba
2 dientes de ajo
3 chalotas picaditas
1 litro de caldo de verduras
1 tacita de Martini Rosso
150 gramos de champiñones
2 zanahorias
1 berenjena
1 tomate grande
2 puerros
85 gramos de queso parmesano
Aceite y sal

Primero picamos las chalotas y los dientes de ajo. A continuación lavamos las verduras restantes y picamos en daditos el puerro, la berenjena y la zanahoria. Los champiñones los laminamos y al tomate se le quita la piel y se corta finamente. Las chalotas y el ajo se rehogan en el cazo con aceite de oliva y un poco de sal. A continuación se añade el tomate y se deja que se cueza bien para que el arroz coja buen sabor. A esto se le incorpora el resto de verduras y se deja a fuego moderado hasta que estén completamente pochadas.
En este momento, vuelca el arroz en el sofrito saltéalo durante 3 minutos removiendo constantemente con una cuchara de madera. Mientras ve calentando el caldo de verduras para que al añadirlo al arroz esté a temperatura alta.
Ahora vierte el Martini Rosso y deja que el arroz lo absorba por completo. Una vez conseguido esto, añade un vaso de caldo de verduras removiendo el arroz despacio hasta que el arroz coja casi todo el líquido nuevamente. Vuelve a añadir otro vaso y repite la operación hasta que se consuma el caldo.
Con el último vaso, antes de que se absorba todo el caldo, incorpora el queso parmesano moviendo con la cuchara delicadamente. Por último, tapamos la olla con un paño y sobre ella un plato para que el risotto se asiente durante un par de minutos y ¡listo para servir!

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